Parte I - Capítulo 1: Un cuerpo propio de una diosa
- Frente de Isgur oriental -
Unas pocas nubes comenzaron a cubrir el cielo. El calor abrasador de ese día empezaba a dar algo de respiro; aunque, debido a las intensas llamas, no se notaba demasiado. Todo cuanto había alrededor de nuestra posición eran ruinas parcialmente calcinadas y un denso humo ennegrecido que caldeaba el aire. Aquello era un espectáculo de lo más dantesco: cadáveres mutilados de engendros esparcidos por todas partes, las cenizas ardiendo que llovían del cielo ennegrecido a causa del denso humo, y un sinfín de armas disparando contra las monstruosidades que cargaban contra nosotros de manera constante.
Llevábamos horas en aquel lugar, sin movernos un ápice de nuestras posiciones; y es que parecía que los engendros que tratábamos de contener nunca se acababan. Había momentos donde ellos mismos dejaban de atacarnos, únicamente para reanudar la carga minutos después. No era el tipo de operación a la que los venatores estábamos acostumbrados, pero tampoco tenía por hábito cuestionar a Blue o a cualquiera de nuestros superiores cuando se nos asignaba a un operativo de cualquier índole. La parte positiva es que la mayor parte del trabajo la estaban haciendo los cientos — quizá un par de miles — de tropas regulares que luchaban junto a nosotros, aunque no por ello estábamos en disposición de bajar la guardia.
— ¡Fuego! ¡Fuego!
Apenas a escasos metros delante de mí, Thalia animaba a los soldados apostados a su alrededor a seguir disparando; mientras se mantenía en guardia, firme y atenta por si algún engendro se acercaba repentinamente demasiado. Nuestra misión y la del resto de tropas era, sencillamente, mantener las posiciones y mantener a raya al enemigo que habíamos logrado cercar en el interior de las ruinas, para así minimizar nuestras propias bajas. Yo estaba totalmente concentrada en aquella situación, lista para actuar ante cualquier imprevisto y atenta a cualquier información u orden que pudiera llegar a través del intercomunicador que llevaba en el cinturón. Lo único que me distrajo por un momento fue empezar a escuchar una carcajada que provenía de ella.
Aún después de tanto tiempo, reconozco que me seguía costando habituarme a la forma en que Thalia en el fondo disfrutaba de aquella clase de, como ella misma diría, espectáculo. Era algo que hacía tiempo que ni siquiera se molestaba en disimular. Thalia acostumbraba a posicionarse siempre en primera línea, salvo que la situación requiriera específicamente que no fuera así. Y es que era la más capaz en todos los sentidos no sólo de los venatores, quienes ya éramos la élite entre la élite, sino de entre todas las Fuerzas de la Coalición.
Me acerqué despacio hacia ella, hasta situarme justo detrás.
— No deberían tardar mucho en llegar, limitémonos a contenerles un poco más — indiqué, con tono serio.
Thalia no tardó en dejar de gritar y volverse hacia mí. Pude ver en su mirada que había notado cierta inquietud en mis palabras. Y no se equivocaba; me empezaba a preocupar que los bombarderos tardasen tanto en alcanzar nuestra posición y terminar con aquello. Lo cierto es que ella y yo éramos como dos gotas de agua en algunos aspectos, tanto como lo diferentes que éramos en otros. Ella era, la más temeraria de las dos, era una mujer ferviente que solía mostrarse entusiasta ante la mayoría de situaciones, incluso aunque fueran adversas. Yo, en cambio, trataba de actuar con los pies en la tierra y cabeza fría en la mayoría de ocasiones, especialmente si mis decisiones podían tener consecuencias para cualquiera de los otros venatores. Solían decirme que tendía a ser demasiado precavida, pero lo cierto es que siempre lo prefería a la idea de que ser demasiado imprudente pudiera ponernos en cualquier clase de apuro.
Los venatores éramos una unidad especial dentro de las Fuerzas, de las que no éramos parte totalmente, al contrario de los regulares de las cuatro provincias que integraban la Coalición. Lo que nos distinguía del resto era, por un lado, que todos teníamos alguna clase de habilidad sobrenatural del que podíamos sacar gran partido en prácticamente cualquier situación; y, por otro, y que nuestros cuerpos eran increíblemente fuertes, ágiles y resistentes en comparación con los de cualquier otra persona. Sin embargo, éramos tan humanos como los demás; aunque tanto Iryl como especialmente Thalia tenían un aspecto algo diferente a causa de sus poderes. La única excepción era Kaira, al ser una cambiapieles.
Aunque Thalia fuera quien normalmente coordinase al resto, no había líder alguno en la práctica. Es cierto que solíamos consultarle a ella las decisiones grupales, pero todo el mundo tenía voz y voto por igual; recurriendo únicamente a su “veredicto” como último recurso. En lo que sí se diferenciaba Thalia del resto de miembros del escuadrón era a la hora de tener iniciativa y planificar estrategias.
En esa ocasión, también ella había organizado nuestro plan de apoyo a las tropas regulares. Una vez rodeadas aquellas monstruosidades — pertenecientes en su mayoría a una clase de engendro que denominábamos como arañas, por su aspecto —, el plan era contenerlos todo lo posible hasta que llegaran las fuerzas aéreas y arrasaran el lugar desde el aire. Tanto ella como yo apoyábamos al sector central de las fuerzas de artillería, que se estaban dejando la piel para que ninguna araña se acercase demasiado. En otro sector, hacia nuestra derecha, estaban Iryl y Alessine, apoyando a las fuerzas de esa zona. Y a la izquierda, Threon y a Sandar hacían lo propio. Como era habitual en este tipo de operaciones, dejábamos que Kaira se moviera por libre apoyando circunstancialmente a cada sector e informándonos de los avances. Su agilidad y velocidad le permitían cumplir ese propósito mucho mejor que cualquiera de nosotros.
Mientras los soldados junto a los que luchábamos no dejaban de abrir fuego tras las barricadas improvisadas con sus fusiles y ametralladoras ligeras, nosotras no teníamos forma de conocer la cantidad de engendros que aún quedaban en pie, pues habían superado hasta nuestras estimaciones más pesimistas. Y es que por más que observaba, lo que veía era lo mismo en toda la línea de frente: un sinfín de engendros emergiendo de aquellas ruinas casi tan rápido como caían derribados ante nuestras fuerzas. Se trataba de una serie de criaturas con un aspecto que apenas tenía nada en común con ninguna clase de organismo que hubiéramos conocido hasta que aparecieron, repentinamente, hacía algo más de un lustro.
Tras todo este tiempo, sin embargo, apenas comprendíamos casi nada acerca de su naturaleza, su biología o su origen. Su fisionomía no encajaba con la de ninguna otra especie, y tampoco era el caso de su viscosa sangre púrpura. Nos regíamos por los tres hechos que sí eran sobradamente conocidos y demostrados: eran instintiva y extremadamente agresivos hacia los humanoides, sin importar su raza, a diferencia del resto de seres vivos a los que parecían ignorar; actuaban siempre en manadas numerosas; y provenían de algún lugar de la región de Lande, en el extremo noreste. La doble cordillera que separa el mundo civilizado del subcontinente de Lande; un páramo seco y frío, inhabitado y prácticamente inexplorado; fue el escenario del primer encuentro entre humanoides y engendros, que rápidamente escaló en la guerra que estábamos librando y que dio origen a su vez a la Coalición de Provincias.
Por suerte, habíamos aprendido algunas cosas durante esos seis años de guerra. Y es que desde hacía años teníamos una máxima cada vez que éramos desplegados en la línea de frente: donde hay engendros, siempre hay algún dron que los acompaña. Era con mucha diferencia el tipo más peligroso de engendro, y que pudiera aparecer en cualquier momento allí era de lo que todos estábamos pendientes.
Una enorme loba blanca se acercó corriendo hacia nosotras desde la retaguardia. Se situó a un par de pasos por detrás, y ambas nos dimos la vuelta. Aun con todo el estruendo, habíamos aprendido a distinguir el sonido de los pasos de Kaira cuando estaba transformada, y en aquella ocasión no había sido especialmente sigilosa. Thalia la miró esbozando una ligera sonrisa de satisfacción por su llegada, mientras que yo le lancé una mirada inexpresiva. Cada una tuvimos nuestra propia forma de expresar, sin decir palabra alguna, que esperábamos noticias.
— Vaya, ¡parece que aquí también lo tenéis bastante controlado! — exclamó Kaira sonriendo, al tiempo que recuperaba su forma humanoide.
— Ya veremos lo que dura — respondió Thalia con un tono algo seco, pero supe reconocer aun estando de espaldas a mí, cómo su sonrisa se amplió al decir aquellas palabras. La conocía demasiado bien.
Las tres hicimos una breve pausa, contemplando momentáneamente en silencio cómo, uno por uno, los engendros que iban saliendo de entre los escombros caían a balazos sin tener la menor oportunidad de aproximarse.
— ¿Se sabe algo de la flota? — pregunté finalmente a la recién llegada.
— Sin novedades por ahora — respondió ella —. Debería llegar de un momento a otro, hace un buen rato que despegaron desde Aldran.
No pude evitar dar un resoplido de descontento. Una parte de mí estaba preocupada por concluir la misión y regresar a la base, pues cada instante que permaneciéramos allí era un instante en que podía ocurrir algo que nos hiciera perder el control de la situación, y nos pusiera en peligro a Thalia, a mí y al resto. Reconozco que estaba más preocupada de lo que era habitual en mí, más teniendo en cuenta la situación tan favorable en la que estábamos en esos momentos. Quizá, sólo quizá, era porque la otra parte de mí simplemente quería que nos replegáramos cuanto antes para descansar y desconectar. Faltaban días para nuestro siguiente permiso, y era muy improbable que hasta entonces hiciéramos otra cosa que no fuera entrenar y matar el tiempo en la base de Aldran, donde habíamos estado apostados durante los últimos meses de servicio.
— He parado un momento aquí, pero Iryl me requiere en el flanco derecho. Os veo luego, chicas.
Con toda la tranquilidad del mundo, Kaira recuperó su forma lupina y se dirigió, por detrás de la retaguardia, hacia el flanco en el que se encontraban Iryl y Alessine, haciendo exactamente lo mismo que Thalia y yo en el centro de la vanguardia. Definitivamente, aquella situación me tenía ligeramente desquiciada. Es cierto que los regulares hacían no la mayoría, sino todo el trabajo. Sabía que no tenía realmente motivos para ello, pero la inacción a la que me veía abocada en aquel momento, condenada a simplemente vigilar y esperar, empezaba a cansarme. Además, los bombarderos deberían haber llegado ya, y ni siquiera se les veía en el horizonte.
Thalia debió notar algo extraño en mi estado anímico, porque justo en aquel momento, puso una mano sobre mi hombro.
— Si lo prefieres, vuelve atrás y descansa un poco allí, Dresda. Aquí esto está controlado.
Noté cierto tono tranquilizador en sus palabras. Yo la conocía bien, muy bien. Pero a veces infravaloraba hasta qué punto me conocía bien ella a mí, y lo rápido que sabía leer mis emociones. Sin contestar a sus palabras, dejé que el darme la vuelta y comenzar a caminar hacia los puestos de artillería en la retaguardia sirvieran como respuesta. Con Thalia en primera línea, la situación estaría controlada; aunque en el fondo no podría dejar de preocuparme por ella, aunque fuera un poquito, sabiendo que estaba posicionada ahí.
Thalia había demostrado sobradamente que podía valerse por sí misma, y que no había que preocuparse por ella. Había salido indemne toda clase de situaciones por sí misma; pero no por ello era capaz de dejar de preocuparme por su seguridad, especialmente cuando daba rienda suelta a su impulsividad y dejaba de lado cualquier clase de instinto de autopreservación. Supongo que es lo normal cuando, además de mi compañera de escuadrón, se trataba de mi pareja, junto a la que llevaba años luchando en una guerra de la que había demasiados aspectos que seguían escapando a nuestro entendimiento. Ambas teníamos una relación no era un secreto para absolutamente nadie, como tampoco lo era en el caso de otros miembros de nuestro escuadrón.
Mientras me retiraba, contemplé delante de mí dos enormes cañones dobles que estaban disparando a máxima potencia. Se trataba de un arma de desarrollo reciente, una plataforma con dos torretas con dos cañones cada una, destinada a ser desplegada rápidamente en una posición determinada y defenderla de posibles ataques enemigos. Debido a sus características, era ideal para la tarea que estaba realizando, aunque lo cierto era que no estaba diseñada para un terreno tan abierto, donde podía ser más vulnerable. Por eso mismo estábamos nosotras dos allí, para asegurar que no corriera riesgos mientras hacía la mayor parte del trabajo por sí sola.
Sin bajar la guardia, decidí darme un momento para relajarme y soltar de la tensión acumulada de llevar un rato tan largo en medio de semejante tiroteo. Me senté en el suelo, unos metros a la izquierda de la plataforma, tratando de dejar ir parte de los pensamientos que me rondaban la cabeza en aquel momento, pero sin perder de vista a Thalia ni la línea del frente, a unos cien metros de distancia de mi posición.
Por desgracia, ese descanso apenas me duraría.
Apenas un par de minutos después de haberme retirado, las torretas gemelas que estábamos defendiendo callaron al unísono, dejándose de escuchar el fuerte estruendo que causaban cada vez que abrían fuego. Durante un breve instante, se hizo un silencio casi total, ya que, al dejar de disparar los cañones principales, la mayoría de soldados lo entendieron como un alto el fuego. Pero nada más lejos de la realidad.
El silencio dio paso a gritos de desesperación. Prácticamente la primera de todos en reaccionar fue la propia Thalia, quien acudió corriendo a toda velocidad mientras ordenaba a gritos a los soldados a su alrededor que mantuvieran la posición y continuaran disparando. Ellos, confusos pero diligentes, reanudaron el fuego inmediatamente.
Thalia recorrió la distancia que nos separaba en apenas unos segundos. A diferencia de los soldados que se dieron la vuelta brevemente intrigados por lo que estaba ocurriendo, ella no parecía asustada, sino simplemente sorprendida, lo suficiente como para haber perdido de un plumazo su sonrisa. El asustarse u horrorizarse hasta el punto de sentir miedo real no era algo que fuese con ella. Eran emociones que tan sólo creía haber visto en ella una vez, el mismo día que la conocí. Desde entonces, por más grotescas, desagradables o adversas que hubieran sido las situaciones en las que nos hubiéramos encontrado, jamás había vuelto a percibir una sensación remotamente parecida en ella.
— ¡Capitana! ¡Se ha sobrecalentado! ¡Los c…cañones no funcionan! ¡Se ha s…sobrecalentado! — los operarios se dirigían a mí gritando llenos de horror y trabándose al hablar — ¡No podemos disparar! ¡No podemos d…
— ¡Calma! — antes de que fuera a poner orden, la propia Thalia se me adelantó.
Mientras ella deliberaba sobre qué hacer, pude apreciar cómo un ligero humo gris comenzaba a emerger desde la parte inferior de la plataforma. Aquello parecía serio; pero afortunadamente Thalia tomó decisiones en cuestión de segundos, como solía hacer en circunstancias límite, sin perder apenas tiempo. A esas alturas, estaba tan acostumbrada a improvisar, que había desarrollado una capacidad casi innata de análisis y toma de decisiones de forma muy calculada en apenas segundos. Era algo a lo que se hacía difícil seguir llamando improvisación, dada sobre todo su elevadísima tasa de éxito en ese tipo de situaciones.
— Tratad de ponerla de nuevo en marcha cuanto antes. Si no lo lográis, dejadla y tomad posiciones defensivas para disparar — continuó, señalando a la zona de reserva, aún por detrás de la línea de retaguardia —. ¡Moved dos piezas de artillería ligera delante de la plataforma y que disparen a discreción! ¡No podemos bajar el ritmo ahora, estamos a punto de acabar con ellos! ¡Sólo hay que aguantar un poco más! ¡Vamos!
Los asustados hombres se apresuraron en cumplir sus órdenes, mientras que ambas regresamos rápidamente a primera línea. Tenían motivos para estar aterrorizados. La idea de morir agónicamente siendo despedazados por las arañas justificaba el miedo que expresaban sus rostros. Muchos no habían tenido nunca a ningún engendro, y menos a una araña, más cerca de lo que las tenían ahora. Y que perdieran potencia de fuego en la situación en la que estaban, podía perfectamente implicar que en cuestión de segundos las tuvieran encima… y que eso fuera lo último que vieran. Pude reparar en que unos pocos de aquellos hombres, los que mejor parecían mantener el tipo, adoptaron directamente posiciones de disparo en los alrededores de la plataforma. Lo cierto es que no tenía sentido tener una veintena de hombres ahí parados, ya que apenas cuatro o cinco podrían ser los únicos capaces de volver a poner en funcionamiento las torretas.
Los engendros estaban a doscientos metros de nuestra artillería en retaguardia, pero a escasos cien de las tropas que conformaban la primera línea. Nuestro margen era bastante escaso, aunque contábamos con una pequeña ventaja. Y es que nuestra especialidad, la de los siete venatores, eran precisamente las situaciones delicadas, imprevistas, de alto riesgo y con muy poco tiempo de reacción. Nuestro escuadrón había sido asignado para aquella operación para reforzar a las tropas regulares y dar apoyo en caso de que sucediera algo como lo que acababa de ocurrir.
Nuestra gran versatilidad, capacidad de adaptación y eficacia demostrada como escuadrón gracias a nuestros poderes nos convertían en la fuerza idónea para evitar un desastre en aquel momento. Y es que, después de todo, seguíamos esperando a que apareciera un dron en cualquier momento. Se trataba de gigantescos engendros tentaculares que levitaban en el aire, normalmente a decenas de metros del suelo, e increíblemente resistentes gracias al caparazón casi impenetrable que cubría la mayor parte de su cuerpo. Un dron era muy difícil de combatir desde tierra, prácticamente imposible sin artillería pesada.
Pero desde el aire, pudiendo atacarle desde prácticamente cualquier ángulo, la cosa cambiaba.
Desde hacía tiempo, los venatores no luchábamos contra los drones desde tierra. Los miembros del escuadrón contábamos con un módulo aéreo, un dispositivo especial diseñado por el propio Sandar junto con algunos de los mejores técnicos e ingenieros de las Fuerzas de la Coalición. Nos otorgaba la capacidad de elevarnos en el aire y poder desplazarnos rápidamente volando, e incluso luchar desde a cualquier posición; aunque su maniobrabilidad era aún relativamente limitada, ya que se trataba de una versión inicial que llevábamos empleando desde hacía unos pocos meses. Con todo, suponía una ventaja enorme en la mayoría de circunstancias, pero toda una necesidad a la hora de hacer frente a los drones.
Thalia era la única de nosotros que nunca llevaba un módulo consigo. Ella tenía sus propios métodos para poder volar por sí misma y no los necesitaba; de hecho, siempre comentaba que por muy útil que nos resultase al resto de nosotros, le parecía contraproducente llevar todo ese equipo — una pequeña mochila a reacción para impulsarnos y dos tobilleras que nos servían para maniobrar, que en conjunto no pesaban demasiado — además del material base que se nos proporcionaba cada vez que éramos desplegados en el frente. Era algo en lo que ninguno estábamos de acuerdo con ella; una de tantas riñas sin mayor importancia que teníamos en el grupo. A ella le encantaba presumir, sin llegar a la ofensa, de las maravillas que sus propias alas le permitían hacer en el aire sin necesidad de ninguna clase de aparato acoplado a su cuerpo.
Por el momento, no necesitaría el módulo que llevaba acoplado a mi cuerpo para luchar contra los engendros que teníamos delante, aunque no por ello la situación era menos peligrosa. Eran en su inmensa mayoría del tipo más común de engendro con diferencia, el que siempre esperábamos encontrarnos en cualquier lugar del frente: arañas. Criaturas de apenas metro y medio de altura, pero algo más de dos metros de largo, con seis extremidades terminadas en afiladas puntas que empleaban para desplazarse y atestar firmes golpes con una fuerza fácilmente equiparable a la de dos o tres hombres, y que contaban con unas enormes fauces dentadas en la parte anterior de sus también puntiagudas cabezas. Al igual que todas las criaturas a las que agrupábamos bajo la denominación de “engendro”, no se parecían a ningún otro ser viviente que el mundo hubiera conocido hasta que fueron descubiertas años atrás. Eran voraces, fieras, rápidas y muy peligrosas.
Tanto Thalia como yo sabíamos que tendríamos que poner nosotras mismas el cuerpo con tal de contener a aquellas monstruosidades y ganar tiempo. Nuestra presencia al frente de la primera línea era imprescindible en aquel momento por dos razones: eran excepcionalmente numerosas; y eran criaturas tan resistentes que normalmente no caían derribadas hasta no haber recibido un buen número de impactos de bala si el calibre era pequeño, como era el caso de la mayor parte de las armas de mano que portaban las tropas allí desplegadas. Por lo tanto, aun con la posición ventajosa con la que contábamos, el riesgo de que la primera línea se viera sobrepasada era muy real. Era algo que debíamos impedir a toda costa.
Tan pronto como alcanzamos la primera línea, nos situamos justo delante de las barricadas y, empleando mis propios poderes, materialicé un pequeño muro de éter azul unos metros delante de nosotras. De esa forma, podíamos protegernos en caso de que algún engendro lograse acercarse demasiado a nosotras mientras deliberábamos acerca de nuestros siguientes movimientos.
— Los cañones se han recalentado — comentó Thalia —, por el momento estamos… solas.
Giré la cabeza hacia ella. “¿Solas? Tenemos a todo un batallón alrededor jugándose la vida con nosotras disparando todo lo rápido que pueden y dejándose el cuerpo y el alma en ello”, pensé para mis adentros, pero la única respuesta que le di a mi pareja fue arquear una de mis cejas. Ella se limitó a mirarme con una expresión seria, para acto seguido esbozar una ligera sonrisa descubriendo parte de sus dientes, entre los que siempre destacaban sus dos largos colmillos superiores. Era un gesto muy típico en ella, que a menudo hacía en situaciones como en la que nos encontrábamos.
Ambas volvimos la vista hacia las arañas a las que podíamos ver a través del éter translúcido. Ver aquella expresión en su rostro me hizo darme de bruces con la realidad. Y esa realidad era que quien había dicho esa frase no era otra que Thalia, lo que hacía que cobrase un significado diferente. Cuando hacía ese tipo de comentarios, era señal de que iba a lanzarse al ataque por su cuenta, lo que a ella le gustaba llamar “desfogarse”, y que contaba conmigo para cubrirla en su avance.
— ¡Já! Te conozco muy bien, cariño — le dije sonriendo, concentrándome en mantener el muro de éter que nos separaba de nuestro enemigo —. Demasiado bien.
— Demasiado bien, peque. Tú misma lo has dicho — Thalia me respondió mientras que desenfundaba su bastón de doble hoja, que llevaba atado a la espalda.
Fui a responderle de inmediato; pero, como si hubiera sido capaz de predecirme, apoyó suavemente su dedo índice en mis labios, provocando que me sonrojara al instante y fuera incapaz de articular palabra alguna.
— Ya sé lo que vas a decir. Podrás repetírmelo cuantas veces quieras cuando hayamos terminado con esto — me dijo, guiñándome un ojo —. Y sí, como puedes imaginarte, lo he dicho adrede, para provocarte.
“¿Tienes que llamarme de esa forma y hacer eso justo en un momento así? Sabes muy bien que me distraigo”, dije para mis adentros, ruborizada hasta el punto que perdí la concentración y el muro de éter se desvaneció prácticamente al momento. Por suerte, todavía no estábamos al alcance de los engendros.
Thalia cogió impulso, y se lanzó corriendo a toda velocidad contra las arañas, que a su vez se aproximaban rápidamente hacia nosotras. Yo la seguía de cerca, aunque ella podía correr bastante más rápido que yo y que cualquiera de los demás venatores. Tal y como esperábamos, al cesar el fuego de artillería pesada comenzaron a venir hacia nosotras muchas más arañas de forma simultánea. Algunas caían en carrera, víctimas del fuego de los soldados que nos cubrían. Otras tan solo recibían heridas de bala, lo que a menudo resultaba en extremidades amputadas debido a la fuerza del impacto. Pero, todas las que sobrevivían y podían mantenerse en pie, corrían hacia nosotras llevadas por un irracional impulso colectivo totalmente fuera de nuestro entendimiento.
La idea era atraer hacia nosotras a tantas como pudiéramos para aliviar un poco la presión de los soldados, mientras a su vez ellos trataban de que el menor número posible de ellas se nos echara encima, acabando con ellas mientras corrían hacia nosotras.
Cuando luchábamos juntas, Thalia por sí misma era capaz de enfrentarse a casi cualquier cosa que se le pusiera delante, mientras yo la protegía para que no se viera sobrepasada si el enemigo era muy numeroso. Su inmensa fuerza y su aguante casi inagotable la hacían formidable a la hora de luchar cuerpo a cuerpo, y es por eso que esa era nuestra táctica habitual: ella atacaba, y yo la defendía ante imprevistos hasta que, por sí sola, acababa con cualquier amenaza. Con el tiempo suficiente, ella podría tomar el control de aquella situación; y yo ya la veía preparada y ansiosa por atestar el primer golpe. Tenía éter cargado en mis manos listo para ser liberado, bien en forma de pequeños escudos o de estacas que lanzar a discreción contra los engendros.
Thalia iba unos metros por delante. Las primeras arañas estaban a apenas quince metros de nosotras. Cada segundo, estaban mucho más cerca.
Doce metros.
Vi cómo sujetó con fuerza su bastón, que sobrepasaba holgadamente el metro y medio de longitud en total. Extendió sus garras y sus zarpas para sujetar su arma con mayor firmeza y poder dar pasos más firmes.
Diez metros.
La araña que había tomado la delantera abrió sus enormes fauces, dispuesta a atrapar a Thalia entre ellas. Ella respondió agachándose ligeramente, para coger aún más velocidad.
Siete metros.
Sin dejar de correr, materialicé numerosos proyectiles listos para descargarlos sobre aquellas aberraciones en cualquier instante.
Cinco metros.
La araña cambió repentinamente de posición y bajó la cabeza, dispuesta a embestirnos de frente.
Tres metros.
Me detuve en seco y lancé una docena de estacas de éter hacia los engendros, para frenar su avance justo antes del choque.
Dos metros.
Mis estacas lograron derribar algunas arañas, aunque la que cargaba delante de todas las demás logró salir indemne y seguía aproximándose a toda velocidad.
Un metro.
Thalia sujetó el bastón en posición casi horizontal, con tanta fuerza como fue capaz. Se preparó para la embestida, al tiempo que dejaba escapar una risa de lo más sádica, fruto inmenso amor que profesaba a la violencia.
Logró clavárselo a aquella bestia en el lado derecho del cuello, aunque había apuntado a la cabeza. Pese al duro golpe, la inercia del engendro la hizo retroceder un par de metros, haciéndola resbalar hacia atrás, hasta que logró detener su avance. La bestia emitió un grito desgarrador de dolor, al tiempo que Thalia levantaba el arma hacia arriba, poniendo a la araña casi en posición vertical al tiempo que se le rompían los huesos y tendones de la zona. Llena de ira, arrancó de cuajo su bastón del cuerpo de la araña, y antes de que ésta cayera al suelo, hizo un giro rápido y le rebanó la cabeza. Todo había ocurrido en apenas un par de segundos.
El cuerpo descuartizado todavía se movía en el suelo cuando otras dos arañas que seguían a la primera se abalanzaron sobre Thalia. Eran un poco más grandes que la anterior, y a una de ellas la tenía casi encima. Sin tiempo para posicionarse de nuevo para contener una embestida, Thalia empleó sus poderes para lanzar sendas descargas de rayos que emanaron súbitamente de sus manos, lo que provocó que se detuvieran al instante y comenzaran a retorcerse de puro dolor.
— ¡Estoy detrás de ti! — exclamé, para que tuviera la certeza de que la cubría desde atrás.
Sin dejar de electrocutar a sus enemigas, ella levantó la mirada, el tiempo suficiente para darse cuenta de que venían muchas más arañas. Casi al momento, una nueva oleada de estacas de éter azul cayó sobre las ellas, mutilando o matando a muchas. Finalmente, Thalia liberó a sus víctimas electrocutadas que yacían moribundas y desprendían un fuerte olor a carne quemada, y se posicionó junto a mí.
— ¿Puedes contenerlas?
— Más o menos, ¡pero no pierdas de vista a ninguna! — advertí, sin dejar de lanzar proyectiles contra ellas.
— ¡Já! Sabes que nunca lo hago — respondió ella, dejando entrever una sonrisa pícara.
Thalia cargó contra una araña con las fauces totalmente abiertas en carrera hacia ella. Dejando caer momentáneamente el bastón al suelo, utilizó ambos brazos simultáneamente para sujetar sus fauces y abrirlas por la fuerza. Fue tal la intensidad de su maniobra que no sólo arrancó al instante la mandíbula de aquella bestia, sino que también quebró el maxilar que componía la parte superior de sus fauces, matándola al instante. Fue un espectáculo de lo más dantesco que apenas duró un abrir y cerrar de ojos; y como resultado del cual ella quedó cubierta de una gran cantidad de sangre púrpura de su víctima. No tardó en recoger su bastón, y justo antes de disponerse a cargar de nuevo, giró la cabeza un instante para mostrarme cómo su sonrisa seguía intacta. La auténtica Thalia seguía ahí. Y su fuego interior, ese fervor que tanto la caracterizaba, seguía intacto. Yo sabía perfectamente que aquello era algo que Thalia disfrutaba muchísimo, casi como si fuera un juego y como si no existiera peligro alguno en nada de lo que hacíamos. No necesitaba ninguna clase de confirmación, pero a ella le gustaba recordarme con gestos como ese que tanto su espíritu de lucha como su regocijo permanecían intactos.
No cejábamos en nuestro empeño de mantener aquella posición, y no dejábamos que pasara ningún engendro que se nos pusiera delante. Cercenábamos y matábamos arañas casi sin parar, pero por cada una que caía ante nosotras, otras dos no tardaban en ocupar su lugar. Con un golpe certero, Thalia amputó las patas delanteras de una araña que casi logró hacer que se tambaleara debido a la fuerza con la que había tratado de embestirla. Aún con aquella criatura en el aire, volvió a clavarle su bastón, esta vez en el centro de su vientre; y, con un giro de su arma, la derribó finalmente al suelo antes de rematarla de un tercer y fatal golpe. Aquello sólo le sirvió para comprobar que otra araña más estaba ya casi a la altura de donde yacía muerta la que acababa de matar. Era una situación que empezaba a sobrepasarnos, incluso a nosotras.
— ¡¿Qué coño están haciendo los soldados, joder?! — gritó Thalia, no por desesperación, sino para que yo pudiera escucharla entre todo el intenso ruido que había alrededor.
Ella realmente estaba calmada; la euforia que sentía no era aún gran cosa para sus propios estándares, al contrario que para los de casi cualquier otra persona.
— ¡Están en ello! ¡Retrocedamos un poco, Thalia! Están empezando a ser demasiad…
Dejé sin terminar aquella frase cuando escuchó un fuerte estruendo proveniente de detrás de las arañas, entre la densa humareda. También volvieron a escucharse gritos unísonos de los soldados, incluso por encima del intenso ruido de los disparos.
— ¡Dron! ¡Es un dron!
Aún sin poder comprobar visualmente si aquello se trataba de un dron, decidí ser precavida e indicarle a Thalia que nosotras retrocediéramos casi hasta la misma línea de frente. Pero, de nuevo, ella se me adelantó.
— ¡Seguid disparando a las arañas! — ordenó ella, a pleno pulmón — ¡Yo me ocupo del dron! gritó Thalia, al tiempo que retrocedía unos metros para ganar un poco de espacio.
Pude notar en su voz cómo, ante la posibilidad de tener ante nosotras una amenaza tan seria, su actitud ante la situación había cambiado en cuestión de unos instantes. De repente, parecía mucho más seria, y ya no parecía tener ese exceso de confianza en sí misma que normalmente irradiaba a raudales en una batalla.
Tras retroceder unos metros por detrás de mí, Thalia lanzó con fuerza y gritando llena de furia su bastón a modo de jabalina, y se insertó de lleno en el cuerpo de una de las arañas que yo seguía tratando de contener. Al ver aquello, giré la cabeza un instante, sólo para confirmar lo que creía que estaba pasando. Thalia miraba hacia arriba, clavando sus ojos en el dron. Un enorme engendro que comenzaba a dejarse ver a más de treinta metros de altura, del que salían seis largos tentáculos que no llegaban a tocar el suelo, aunque por poco. La colosal criatura se movía levitando, a diferencia del resto de engendros. No teníamos la menor idea de cómo podían hacerlo, pese a los esfuerzos de investigación que las Fuerzas de la Coalición llevaban años poniendo en ello; aunque justo en ese momento aquello era un asunto menor.
“Vamos, desgraciado”, pensé para mis adentros. “Ya era hora de que aparecieras”.
Con un dron en aquella posición, al no contar con artillería pesada, la línea entera podría haberse visto comprometida si no hubiéramos estado ahí mismo Thalia y yo. En aquellas circunstancias, evitar que aquello acabara en desastre dependía casi exclusivamente de nosotras.
Y fue entonces cuando Thalia, lista para lanzarse al ataque contra aquella colosal aberración que se alzaba sobre nosotros, hizo algo que me asombró casi tanto como la primera vez que lo presencié. Comenzó a aumentar bruscamente de tamaño, al tiempo que la cornamenta que le sobresalía desde la parte superior del cabello creció hasta alcanzar un tamaño muchísimo mayor. Sus facciones cambiaron de forma radical: sus colmillos ahora eran mucho más largos y afilados; sus orejas se habían vuelto mucho más puntiagudas y un segundo par de ojos, algo más pequeños, apareció junto a los primeros, en los laterales de la parte superior de su rostro. Sus punzantes uñas, que habían pasado a coronar también un segundo par de brazos justo debajo de los originales, se convirtieron en enormes garras capaces de partir a un hombre por la mitad de un solo golpe. Su larga y escamada cola, que le ayudaba a equilibrarse, también había aumentado de tamaño hasta prácticamente duplicarlo. De algunas articulaciones, como era el caso de sus hombros y codos, sobresalieron sendos huesos punzantes recubiertos de una gruesa piel oscura.
Acababa de transformarse en una criatura de aspecto infernal que triplicaba en altura a una persona. Había adoptado una apariencia de lo más aterradora, agresiva e intimidante, hasta niveles difíciles de describir con meras palabras. Y los rugidos… Los rugidos eran espectaculares, tan profundos que se podían sentir retumbando en el pecho de una misma si se estaba lo suficientemente cerca de ella. No pude contener una ligera sonrisa de la satisfacción que sentí al contemplar aquello, aunque fuera la enésima vez que era testigo de tal maravilla. Era simplemente gloriosa. Aquel poder era fascinante; ninguno de los demás venatores éramos capaces de hacer algo ni siquiera remotamente parecido. No podía dejar de sonrojarme ni por un instante ante semejantes vistas. Me venían toda clase de pensamientos a la cabeza cada vez que veía a Thalia transformada en aquella criatura, y era algo que rara vez lograba disimular en condiciones.
Pero aquella era una situación que requería de toda mi concentración.
A partir de las dos protuberancias que salían de la parte superior de su espalda, Thalia desplegó sendas alas enormes, proporcionales a su nuevo tamaño. Era algo que podría haber hecho también sin haberse transformado, pero en esa nueva forma podía enfrentarse a un dron en mejores condiciones, aprovechando su tamaño y fuerza física superiores. Mientras que una araña era físicamente mucho más robusta que un humano corriente, los venatores teníamos una fuerza bastante similar a la de ellas. La excepción, como en tantas otras cosas, era Thalia, para quien una araña no suponía el menor problema. Sin embargo, nada en el mundo, ni siquiera ella, se acercaba ni siquiera remotamente a tener la fuerza física de un dron.
Dando una fuerte batida, se puso en vuelo, directa hacia el enorme engendro que teníamos prácticamente encima. El dron detuvo su avance y reparó en la presencia de una enorme bestia de casi cinco metros de altura volando a toda velocidad hacia él.
Sus penetrantes ojos, que emitían un brillo más intenso de lo que nunca lo hacían en su forma humanoide, se clavaron en el del dron, al tiempo que éste no le quitaba la vista de encima a ella. Mientras ascendía, uno de aquellos enormes tentáculos trató de abatirla sin éxito. Dos más lo intentaron de nuevo, al tiempo que la colosal criatura que los portaba ascendía y giraba hacia la derecha, buscando tener un buen ángulo para golpear a Thalia y tratando de evitar que se posicionara encima de él. Por muy grande y robusta que fuera ella, un golpe de uno de esos tentáculos con la suficiente fuerza y puntería podría matarla en el acto. Y era algo que ambas teníamos muy claro. Yo procuraba no perderla de vista mientras se alejaba, ascendiendo y esquivando golpes que bien podrían ser fatales. Desde el suelo, yo seguía conteniendo a las arañas como podía, pero desde una actitud más defensiva. La prioridad era acabar lo antes posible con el dron, y para ello Thalia debía estar cubierta para poder centrarse únicamente en ese objetivo.
Viendo que se había acercado tanto a su cefalotórax que ya no tenía tan buen ángulo para abatirla con sus tentáculos, el dron comenzó a disparar. Haces de luz púrpura cargados de una inmensa cantidad de energía inestable comenzaron a salir de su ojo central directos hacia Thalia, al tiempo que retrocedía para poder mantener un mínimo de distancia frente a ella.
— ¡Cuidado con el ojo! — grité tratando de advertir a Thalia, mientras se elevaba cada vez más.
Aquel órgano era el único punto débil que, hasta donde sabíamos, tenía un dron, a la vez que su arma más peligrosa. Su robusto caparazón protegía la parte principal de su cuerpo, que podía llegar a superar los ocho metros de longitud, de la que emergían a su vez sus seis enormes tentáculos. Contaba con varios ojos distribuidos de forma simétrica en la parte frontal, en cuyo centro había uno considerablemente mayor que el resto. Era al que nos referíamos habitualmente como “el ojo” o “el ojo central”; ya que era tanto el único que empleaba para disparar a distancia como el único que se había demostrado como punto crítico a la hora de combatirlos, por lo que su importancia era capital. Pese a los años de guerra, apenas conocíamos nada acerca de su naturaleza ni su biología más allá de que era similar a la del resto de engendros, pero totalmente distinta a la de cualquier otra criatura que habitase el planeta. No tenían más que ojos y tentáculos, ni siquiera un orificio que les sirviera para ingerir ninguna clase de alimento; por lo que tampoco entendíamos cómo podían mantenerse con vida a lo largo del tiempo sin ser víctimas de la inanición.
Al ver lo que ocurría, me cubrí a mí misma con una pequeña cúpula de éter para poder centrar mis esfuerzos en el dron, y comencé a lanzarle una lluvia de estacas desde abajo. Sabía que no le harían nada, pues la coraza de su cefalotórax era demasiado resistente, y su ojo central estaba totalmente fuera de mi alcance. Mi idea era tratar de que el dron se distrajera un instante, para que Thalia tuviera la oportunidad de acercarse lo suficiente. Sólo los drones más pequeños podían caer ante las armas de calibre más grande, como los cañones de las fragatas, pero no disponíamos de nada remotamente parecido en ese momento. Ante una situación así, la única forma de acabar con ellos era atacándoles directamente a su ojo, que era justo lo que Thalia estaba tratando de hacer.
Tras recibir los primeros impactos, el dron se giró hacia abajo, fijando su objetivo en mí e ignorando por completo a Thalia. Ella, que ya había logrado situarse varios metros sobre él, descendió en picado para posarse justo sobre su caparazón. Por suerte, mi éter a plena capacidad había demostrado en numerosas ocasiones ser capaz de soportar sobradamente los disparos de aquella monstruosidad, incluso mientras una multitud de arañas golpeaban con furia mis defensas constantemente.
El dron abrió fuego contra mí un par de veces, con lo que tan sólo consiguió carbonizar y mutilar a parte de las arañas que trataban de alcanzarme; ya que no cejaron en su empeño ni siquiera en aquel momento. Mi cúpula continuaba intacta, aunque no podía perder la concentración ni un solo instante si quería que siguiera siendo así. Al ver esto, el dron descendió lo suficiente para alcanzarme con sus apéndices; y, al darse cuenta de sus intenciones, Thalia trató de descender lo antes posible, aunque supusiera un aterrizaje muy forzoso sobre el engendro.
— ¡Aguanta, Dresda! — me gritó Thalia, aunque apenas pude escucharla.
Dos tentáculos de varias toneladas de peso se estamparon contra mis defensas con una intensidad enorme, pero sin causarme daño alguno. En ese momento, Thalia aterrizó sobre el dron agarrándose como pudo a una superficie casi totalmente lisa, y en la que no tenía forma de clavar sus garras para moverse con mayor firmeza.
A decir verdad, yo no era la única de las dos con instinto protector; aunque la diferencia era que Thalia no lo sentía por nadie que no fuera yo. Por supuesto que sentía aprecio por otros venatores, en unos casos más que en otros, pero no había mostrado nunca algo así por ninguno de ellos al nivel que lo hacía conmigo cuando se daba una situación de serio peligro. Al igual que me ocurría a mí con ella, sabía que podía valerme por mí misma; pero eso no evitaba que en determinadas circunstancias mi protección se convirtiera en su prioridad.
Thalia se apresuró en llegar a la parte delantera, donde se encontraba su objetivo: el ojo del enorme engendro. El dron comenzó a revolverse, tratando de quitársela de encima, incluso utilizando sus tentáculos. Al menos durante esos instantes, lo mantuvimos inutilizado, tratando únicamente de defenderse.
Viéndose sobrepasada por tener que esquivar tantos ataques al mismo tiempo, Thalia decidió que lo más sensato para salir de aquel apuro y no tener que seguir arrastrándose por el caparazón era, sencillamente, lanzarse hacia delante. Empleando brazos, piernas y alas, se impulsó tan fuerte como fue capaz, saliendo despedida hasta más allá de donde quería posicionarse. Para evitar caer al vacío, dio fuertes batidas en el aire para cambiar de dirección. y logró abalanzarse sobre su objetivo, agarrándose de las membranas que rodeaban el mismo. Era un órgano gigantesco, con un diámetro superior a la altura de una persona. De inmediato, hincó las garras de dos de sus brazos en el ojo púrpura, mientras que empleaba el resto de sus extremidades en sujetarse con tanta firmeza como podía al cuerpo de aquella criatura. Sin darle ni un instante para reaccionar, Thalia lanzó su verdadero ataque.
Una potente descarga eléctrica emanó de las manos de Thalia y se dispersó por el cuerpo del dron, a través de su ojo sangrante. Desde mi posición, pude escuchar cómo le gritaba al engendro mientras acababa con su vida, aunque no logré distinguir palabra alguna, sino únicamente sus carcajadas llenas de euforia y crueldad. Mientras agonizaba, su víctima se sacudió de forma violenta hasta el punto de perder el control de su propio cuerpo; pude apreciar que cada tentáculo empezó a moverse de manera errática e independiente. Mientras trataba de resistirse, el dron emitió un zumbido extraño y desagradable, muy desagradable que era audible para el oído humano como un ruido agudo y atronador. Durante esos críticos instantes, Thalia se agarraba al dron como si le fuera la vida en ello para no salir despedida. Debía asegurarse por todos los medios de que acababa con él. Descargó toda su ira en aquellos rayos, sedienta de sangre, pero también ansiosa por terminar aquella batalla lo antes posible.
Tras unos segundos, el dron dejó de moverse, y la luz púrpura que emanaba de su ojo desapareció. Comenzó a descender lentamente en caída libre, y los tentáculos que salían de su tórax quedaron colgando como simples hilos a merced del viento. Thalia entonces saltó del dron y alzó el vuelo, mientras el cuerpo del engendro se precipitaba hacia la superficie, totalmente inerte. Al estrellarse, aplastó a algunas arañas que se encontraban debajo, no llegando a alcanzar a la cúpula que me protegía por apenas unos metros; aunque, de todos modos, yo no habría sufrido daño alguno. Thalia se limitó a descender planeando con sus alas, con toda seguridad para darse el gusto de contemplar cómo la enorme monstruosidad que acababa de matar caía inerte ante ella, literalmente, precipitándose al vacío.
Las arañas dejaron de amontonarse a mi alrededor prácticamente al mismo tiempo que el dron fue derrotado, ocupándose los soldados rasos de acribillarlas a balazos en cuestión de unos segundos. Era una escena un tanto extraña, como si hubieran dejado de venir hacia nosotras justo en ese momento, pudiendo al fin nuestras fuerzas reducir a gran velocidad sus números. Tan pronto como Thalia aterrizó con suavidad en el suelo, a escasos metros de mi posición, desmaterialicé mis defensas de éter y me acerqué caminando hacia ella. Ya no quedaban engendros con vida a nuestro alrededor. Aquel contratiempo había terminado muy bien, para todo lo que podría haber ocurrido.
Llegué hasta ella justo cuando había terminado de recuperar su forma humanoide, y le di un abrazo con todas mis fuerzas sin mediar palabra. Durante unos momentos, ambas nos quedamos en silencio, escuchando únicamente los ruidos de las armas que continuaban disparando a nuestro alrededor, y el cada vez más potente zumbido de los primeros escuadrones de bombarderos que podía ver al fin, junto a algunas fragatas, aproximarse desde el horizonte.
* * * * *
- Base de Aldran -
— ¡Dresda! ¡Dresda!
La llamada de Kaira sacó de golpe a Dresda de sus pensamientos. Se había quedado absorta recordando los momentos más críticos que la operación de la que habían formado parte apenas unos días atrás.
— ¡Míralos! — insistió la cambiapieles con entusiasmo, al tiempo que señalaba a Iryl y a Threon.
El escuadrón de venatores al completo se había reunido aquella tarde en el patio lateral de los barracones de la base de Aldran, para realizar entrenamientos entre ellos. Mientras Dresda descansaba un poco, los demás habían estado practicando combate cuerpo a cuerpo, primero todos en grupo y después por parejas. Era una rutina que acostumbraban a repetir con bastante frecuencia durante los interminables días que pasaban sin salir de la base durante sus periodos de servicio, siempre a la espera de la siguiente misión. Al igual que Kaira; Alessine, Sandar y Thalia habían parado un momento para prestar toda su atención al duelo entre Iryl y Threon, que se había vuelto repentinamente de lo más intenso.
De sus compañeros de escuadrón, aquellos que en lugar de sus poderes empleaban armas cuerpo a cuerpo normalmente entrenaban con ellas junto al resto de venatores, sin utilizar versiones sin filo de las mismas ni siquiera en situaciones así. Era el caso de Threon, quien estaba empleando sus dos espadas cortas de doble hoja para enfrentarse a Iryl, cuyos poderes le permitían materializar sendos kusarigamas de éter desde sus muñecas. El caso de ella era particular: su capacidad tanto de extender o retraer las cadenas de sus armas a voluntad como cambiarles la forma a las puntas en cualquier momento la convertía en una luchadora increíblemente versátil, sin por ello perder ni un ápice de eficacia combatiendo en un escenario real.
Tan pronto como Dresda volvió la vista hacia ellos, reparó en que Threon había logrado enganchar con sus armas ambos kusarigamas de Iryl, logrando prácticamente anular su capacidad de continuar luchando. Era algo que rara vez sucedía en sus entrenamientos, por lo que había captado de inmediato la atención de los demás. Sin embargo, ella no les prestó especial atención. Dresda llegó a ver cómo Iryl retraía sus armas tirando de Threon, al tiempo que él trataba de resistirse. En cualquier instante, ella haría un movimiento seco hacia arriba con uno de sus brazos y con casi total seguridad lograría liberar una de sus armas, para acto seguido contraatacar. Tampoco escuchó las provocaciones que mutuamente se lanzaban, ni los gritos de ánimo del resto de sus compañeros. Se encontraba algo cansada; y, aunque estaba de buen humor, no tenía especiales ánimos para fijarse en aquella escena.
Tan centrados estaban en no perderse un solo detalle de aquel duelo, que ella fue la única que reparó en que un zángano estaba pasando por encima de sus cabezas, sobrevolando los alrededores de la base. La aeronave, modelo estándar de cañonera de las Fuerzas de la Coalición, estaba maniobrando para el aterrizaje. La joven intuyó que se trataba del transporte que trasladaba a la teniente Blue, quien les había dado aviso de que se personaría en Aldran aquella misma tarde. La oficial probablemente les convocaría a los siete esa misma noche, ya que ellos eran el motivo de su traslado temporal a aquella base.
Dresda se giró de nuevo hacia sus compañeros, sólo para darse cuenta de que Thalia la estaba observando a ella en lugar de al resto del grupo, al tiempo que le regalaba una ligera sonrisa cargada de complicidad. Quizá fuera por la sorpresa, por vergüenza o por las circunstancias del momento, pero no pudo evitar sonrojarse y apartar la mirada durante un instante, sólo para volver a mirar a su pareja a los ojos inmediatamente después. No sólo veía en ella a la Thalia que tenía delante, sino a la que había visto en sus recuerdos recientes luchando incansablemente contra una horda de arañas y un enorme dron. Verla triunfante era una de las cosas que más le gustaban y más satisfacción le daban en el mundo. Casi tanta satisfacción como verla esbozar una sonrisa sincera; como poder contemplar la felicidad que emanaba de su rostro. Un rostro que acostumbraba a resultar intimidante, casi como si llevara escrito la palabra “peligro” en la frente, pero que a ella le parecía digno casi de una divinidad. Una divinidad que le estaba sonriendo en ese preciso instante. Una divinidad encarnada en una mujer increíble y que había demostrado con creces estar llena de toda clase de sorpresas, incluso cuando una creía conocer todas y cada una de sus facetas. Una mujer que albergaba un poder inconmensurable en su interior. Una mujer por la que había desarrollado un sentimiento que había pasado de la admiración al afecto, y del afecto al cariño más intenso y profundo. Al amor. Era sencillamente la persona a la que amaba; aquella que, más allá del escuadrón y de la guerra, era capaz de acelerarle el corazón con tan solo una simple mirada. Una mirada penetrante compuesta por unos enrojecidos ojos tan brillantes como el largo cabello que tanto destacaba en ella.
Lo habitual en Thalia era llevar el pelo recogido, pero a Dresda le gustaba incluso más cuando se lo soltaba y podía admirar su verdadera longitud. Al fin y al cabo, ese cabello rojo como la sangre era más que digno de admiración. Un largo cabello que descendía desordenado desde la parte superior de su cuerpo entremezclándose con el tono índigo de su piel azul, creando toda clase de patrones ondulados en su caótico recorrido. Un cabello coronado por una doble cornamenta tan negra como la noche más oscura, que daba el toque final a un cuerpo propio de una diosa.
Un cuerpo que admiraba con una emoción casi devota. Un cuerpo, que, si por ella fuera, no dejaría de contemplar ni un solo instante por el resto de su vida.
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