Deseo interior (parte I)


Ahí estás, de pie frente a mí. Apenas te tengo a un metro de distancia, que es lo más cerca que hemos estado nunca la una de la otra. Una distancia que durante mucho tiempo ha sido enorme, y que parecía insalvable, ahora ha quedado reducida casi a la nada. Y, aun así, sigo sin haber llegado a tocarte todavía, igual que cuando nos separaban cuatrocientos kilómetros.

Te estoy contemplando, mirándote fijamente a los ojos. Ni siquiera te he recorrido el cuerpo con la mirada, ni me detengo a observar ninguna parte de ti que no esté del cuello para arriba. No estoy buscando analizarte, sino tomarme este ínfimo instante que parece eterno para hablarte con la mismísima mirada. Una llamada silenciosa a la que me has correspondido de inmediato.

Afuera reina la calma. Hemos llegado justo a tiempo, antes de que comiencen a caer las primeras gotas de lluvia. Eso ha provocado que la gente decida pasar lo que resta de la tarde resguardándose en algún lugar bajo techo, temerosos de una simple llovizna, como suele ocurrir en esta zona del sur. Con las calles casi vacías, lo único que podemos escuchar son unas pocas gotas de agua chocando contra el cristal de la ventana del salón, cosa que a ninguna de las dos nos distrae lo más mínimo.

Puedo ver en ti mucho más que la mirada de una chica preciosa, de facciones envidiables, cabellos divinamente radiantes, y delicados labios esperando a ser probados. En esa mirada de ojos oscuros puedo ver, leer y casi escuchar mucho más que tu mera presencia, pequeña. Se trata de algo mucho más profundo.

Puedo distinguir en esos preciosos ojos todo tu ser, todas y cada una de las cosas que sé sobre ti, e incluso cómo te sientes en este momento. Desde lo nerviosa que estás; hasta las ganas que tienes de que una de las dos, seguramente yo, rompa este silencio atronador; pasando por las ganas que tenías de venir a verme, comparables a las que tenía yo. Casi puedo sentir en mi propia piel lo mucho que deseas sujetarme con fuerza, abrazarme y besarme. Casi puedo sentir, sin moverme un ápice, el suave tacto de tu piel bajo esa ropa que tan bien te queda, y que no voy a tardar en empezar a quitarte poco a poco.

Pero… Eso no es todo. En absoluto. Hay algo más. Algo que, esta vez, no tiene que ver contigo. Justo cuando decido avanzar hacia ti y aproximarme por fin, me detengo súbitamente en el último momento. En su lugar, me tomo un segundo para descifrar el enigma que acabo de vislumbrar en tu mirada, que esconde más de lo que en un principio aparentaba. En ella, puedo ver reflejada a la demonio que llevo yo dentro.

Con cuidado, pero sin mediar palabra, levanto el brazo derecho y te sujeto del cuello, apretando moderadamente. No tardas en acabar con la espalda contra la pared, pero sin mover un músculo de tu cuerpo. Sigues respirando, aunque con cierta dificultad, y tu mirada ahora refleja el ligero susto que te acabo de dar. No ha sido algo -totalmente- voluntario, sino casi un reflejo. No esperaba ver eso en ti, justo en ese instante.

Casi puedo notar tu piel arder mientras no dejas de clavar tu mirada en la mía, al tiempo que deja de tornarse asustadiza y comienza poco a poco a mostrar cómo recuperas la seguridad en ti misma. En ella puedo ver cada vez más claramente a mi demonio, esa que está presente en tantos aspectos, tantos momentos y tantas decisiones que tomo, casi de forma omnipotente en ellos. Y esta vez no es una excepción. A través de ti, de todo tu ser en este instante, me está llamando. Se ha colocado en ti para que pueda verla yo misma, con mis propios ojos. Por un momento, pienso que estoy empezando a volverme loca…

… y entonces veo cómo esa sonrisa tuya empieza a aparecer en tu rostro.

No, no estoy enloqueciendo. Claramente está ahí. Y no es en absoluto por casualidad. Su poder ha crecido junto a mi deseo por tenerte, por poder verte de cerca por fin, por poder tocarte, besarte, abrazarte y que hagamos juntas toda clase de cosas que ambas llevamos tanto tiempo queriendo hacer. El poder que tiene sobre mí es precisamente ese deseo. Un deseo que hace tiempo excedió los límites de lo humanamente razonable. Un deseo a través del cual hace tiempo que esa demonio se adueñó de mí, de mi voluntad, y que ahora se burla de mí provocándome una vez más, atrayéndome de forma irresistible hacia lo que más deseo en el mundo en este momento. Hacia ti, Kida.

No puedo oponerme a su voluntad de manejarme a su antojo. Hace tiempo que dejé de tener esa capacidad. Ahora sólo puedo verla en ti, en tu rostro y en todo tu cuerpo, personificándose en todo tu ser. Ya has empezado a sonreír, tal y como hace ella al mismo tiempo. Me estás llamando sin decir una sola palabra, sin realizar un solo movimiento. Y yo… simplemente soy incapaz de contenerme durante más tiempo. Esa demonio que hay en mi interior ha ganado de nuevo, y estoy dispuesta a recoger y disfrutar de todo el botín de esa victoria. Y es que, en el fondo, ella siempre gana. Y es cuando gana cuando yo más disfruto.

Acerco lentamente mis labios hacia los tuyos. Ya está, has ganado. No pienso permitir que una sola palabra salga de tu boca antes de poder probarla primero. Cada ápice de tu cuerpo y cada rincón de tu mente son míos, ahora que estás aquí. Es algo que tengo muy claro que te voy a demostrar de formas que ni te imaginas. Y es que, ese deseo interior es tan grande que no cabe en una sola persona. Mi demonio, ahora que ha salido, se ocupará de compartirlo contigo, mi pequeña Kida, y de hacerte por fin partícipe plena de él junto a mí.

Finalmente, nos fundimos en nuestro primer beso. Un beso casi mágico, en el que el tiempo se detiene por completo durante un instante. Un instante que parece toda una eternidad. Un instante, un efímero y eterno instante en el que solamente existimos tú y yo. Un instante en el que cada una empieza a formar parte de la otra, al tiempo que nuestros cuerpos comienzan a entrelazarse y nuestras emociones conectan profundamente. Un instante en el que nada en el mundo tiene lugar más allá de nuestro beso. Un beso que ojalá no termine nunca.

Comentarios