Deseo interior (parte II)
Me ha tomado algo de tiempo, pero he terminado por darme cuenta de que, para sorpresa de ninguna de nosotras, me había quedado embelesada observándote, mientras apretaba ligeramente tu cuello. Sin embargo, no estamos aquí simplemente para mirarnos la una a la otra, por mucho que nuestros ojos hablen por nosotras, ¿no es así, pequeña?
Sin dejar de sonreír, te separo de la pared y me hago con tus muñecas en apenas un instante. Sueltas un suspiro, y casi puedo ver, aunque estés de espaldas a mí, cómo tú también sonríes mientras te pongo los grilletes. Con ellos puestos, y con lo bien vestida que vas, luces espectacular de pie ante mí, y mis ganas de empezar a jugar contigo van creciendo por momentos.
Pero no es de pie delante de mí donde te quiero precisamente, bonita.
No tardo en echar mano a una silla y sentarte en ella. Coloco cuidadosamente tus brazos por detrás del respaldo, de forma que no te sea tan fácil levantarte súbitamente. Además, con tan sólo una brida puedo amarrar los grilletes al respaldo de la misma. Ahora sí que no tienes forma de salir de ahí. He colocado intencionadamente un espejo vertical a un par de metros de ti, para que puedas contemplarte en ese estado, aunque sea sólo por un momento. Ya te tengo donde te quiero tener.
Pero todavía no te tengo como te quiero tener.
Dispuesta a sacar esa demonio de dentro de ti, no tardo en comenzar a jugar con las partes de tu cuerpo que me son más accesibles. Tus cabellos, tu cuello, tu boca… Todo mientras empiezo a recitarte, casi como si fuera un mantra, las primeras frases y directrices de nuestra primera sesión juntas. Frases que, acompañadas por toda clase de gestos y estímulos como tirones del pelo, agarrones fuertes de las mandíbulas, introducción de mis dedos en tu boca, un poco de breath play y algún que otro bofetón; comienzan a hacer mella poco a poco en tu psique.
Una vez veo que tu actitud hacia mí comienza a cambiar, y que empiezas a dejar de forcejear, decido comenzar a disfrutar de tu cuerpo más en profundidad, ahora que ya he comenzado a disfrutar también de tu mente. Es por ello que comienzo a desatar el nudo de tu blanca corbata y a retirarla de tu cuello con suavidad. Una delicadeza que, oh, mi pequeña Kida, en este momento no te mereces lo más mínimo. Una delicadeza con la que me inspiras tratarte siempre, con lo preciosa, maravillosa e increíble que eres, y con todas las cosas que a menudo pienso acerca de ti… pero que en este preciso momento ni deseas ni te mereces, y que no te pienso conceder más durante esta sesión.
Justo cuando termino de quitártela, me miras de nuevo, mordiéndote el labio inferior. La mirada picaresca que me lanzas sólo me incita a darme más prisa en hacerte lo que quiero hacer con ella, como si no tuviera ya suficiente ansia en mi interior en este momento. No pierdo el tiempo, y me coloco detrás de ti.
“¿Ya?”, preguntas, en tono burlesco, como queriendo confundirme para que no la use en este mismo instante contigo.
Pero he aprendido a escuchar a mi demonio, ese que he visto en ti. He aprendido a seguirla cuando he de hacerlo, a dejarme llevar por ella cuando lo necesito… y a ignorarla cuando se comporta de forma insolente.
Sin perder el tiempo, vendo tus ojos con tu propia corbata, y te privo completamente de visión. Acto seguido, te sacudo ligeramente la cabeza a modo de reprimenda, y vuelvo a recuperar mi posición anterior, agachándome frente a ti. Me arrimo de nuevo hacia ti, y comienzo, muy lentamente, a desabrocharte la camisa. Cada vez que desabrocho un botón, me lleva cierto tiempo pasar al siguiente. Conforme tu cuerpo, poco a poco, va quedando expuesto ante mí, voy teniendo más y más superficie con la que jugar. No tardo en empezar a acariciar tu pecho, y a saborear por fin esa delicada piel que lo forma. Poco a poco, el volumen de tus gemidos y la frecuencia de tus suspiros va en aumento.
Continúo bajando, botón a botón, hasta que finalmente puedo abrirla lo suficiente para llegar adonde quería llegar desde un principio. Me tomo un segundo para admirar tus senos, y esos preciosos pezones que los coronan. No puedes verme, pero una sonrisa ha vuelto a dibujarse en mi rostro. Esta vez, sin darme prisa alguna, humedezco mis pulgares. Lentamente, comienzo a acariciarte ambos pezones al mismo tiempo, a lo que te estremeces de golpe con el primer contacto, pues era algo que no te esperabas. La ligera humedad de mis dedos acrecienta la sensación de placer que puedo proporcionarte, que es justo lo que pretendo en ese momento. Mientras te retuerces ligeramente en la silla, empiezo a recorrerlos con mis dedos, primero suavemente acariciándolos en la misma posición, y después dibujando círculos concéntricos sobre ellos. Algo me dice que te está gustando lo que hago, por lo que me tomo mi tiempo antes de seguir desabrochando tu camisa.
No me corto tampoco en arañarlos con suavidad, en pellizcarlos y en saborearlos. Uh, vaya que si los saboreo. No sólo los rozo suavemente con mi lengua, sino que también les hinco los dientes y los succiono. Juego mucho con ellos, hasta que finalmente se quedan notablemente duros y enrojecidos. Termino de desabrocharte y dejarte expuesta, aunque dejo uno o dos botones sin abrir a propósito. Me parece mucho más atractivo así, por el momento.
“Nahi… Nahi…”, comienzas a suplicarme. Me pides, con voz delicada, que siga jugando un poco más con tus pechos. Te has quedado con ganas de más, y lo deseas en ese mismo instante.
Y tienes la desvergüenza de pedírmelo, así sin más.
Tus palabras hacen que me incorpore y, caminando lentamente hasta colocarme de nuevo detrás de ti, comienzo a quitarme mi propia corbata. Me agacho de nuevo, para quedarme a tu altura. Estoy lista para darte una respuesta adecuada a tus súplicas.
Se me han pasado toda clase de cosas por la cabeza que hacerte en menos de un segundo. Una de ellas, como no podía ser de otra manera, atar mi corbata a tu cuello a modo de correa y tirar de ella, estrangulándote ligeramente, mientras te reprocho el haberme pedido algo sin tan siquiera haber solicitado permiso para hablar. Pero., finalmente, me decido por otra cosa. Una que me resulta aún más satisfactoria.
“Veo que estás muy habladora, Kida. Vamos a ponerle remedio a eso”, te susurro al oído, y acto seguido te amordazo violentamente con la corbata que me acabo de quitar. No puedes contener un gemido de susto, seguido de un largo suspiro de placer al haber quedado privada del habla por fin. Es casi como si hubieras estado deseando que te amordazase desde que llegaste.
“No te preocupes, mi pequeña. No he pasado por alto lo que deseas. Nunca lo hago, y nunca lo haré”.
Una vez he apretado el nudo con fuerza, me incorporo de nuevo; y, permaneciendo aún detrás de ti, te sujeto de la mandíbula con mi mano derecha. Al mismo tiempo, paso mi brazo izquierdo sobre tus hombros. Con tu camisa casi totalmente abierta, ataco uno de tus senos de nuevo, mientras te sujeto con fuerza con la mano que sujeta tu cabeza. Tus gemidos vuelven a ser intensos. Sé perfectamente que he acertado con lo que querías. Lo sé sin necesidad de escuchar una sola palabra de ti. Me vale con ver cómo te estremeces, cómo gimes y cómo te retuerces jugando a fingir que te quieres escapar, que quieres soltarte y librarte de mí, cuando ambas sabemos que nada deseas más en este momento que exactamente estar en este lugar y que te haga todo lo que te estoy haciendo.
Momentáneamente, reduzco la intensidad de los estímulos que te doy, al tiempo que acaricio con el pulgar de mi mano derecha tus delicados labios; quiero que sientas mi tacto en tantas partes de tu cuerpo como puedas al mismo tiempo. No quiero que te olvides ni por un mísero instante de dónde estás y a merced de quién estás. Pienso crearte todo un cóctel de sensaciones de toda clase suavizando e intensificando cada uno de los estímulos que te proporciono.
Pero yo también tengo mis propias necesidades, ¿no crees, bonita? Así que cuando el ansia se vuelve incontenible, suelto tu mandíbula para proceder a sujetarte del cuello, apretando lo suficiente para dificultarte ligeramente la respiración, volviendo a jugar con fuerza e intensidad con tus dos pezones con la otra mano.
Y ahí estoy, detrás de ti, apretándote con fuerza contra tu propio cuerpo y contra el mío, disfrutando de tenerte expuesta, privada de visión y habla, atada a una silla y totalmente deseosa de que aquello continúe hasta quedar exhaustas. Y, sobre todo, deseosa de comprobar los planes que tengo para ti.
“Te he dicho ya muchas veces que eres mía, preciosa. Ahora, simplemente te lo voy a demostrar”.
Comentarios
Publicar un comentario