Capítulo 1 - Cautiva

 

- Dos semanas antes -

Todavía se encontraba aturdida cuando empezó a ser consciente de la situación en la que se encontraba. Había perdido completamente la noción del tiempo. Por si fuera poco, había sido inmovilizada a conciencia y no podía moverse lo más mínimo, y la capucha que llevaba puesta le impedía completamente la visión.

— Ya iba siendo hora de que despertaras.

Esa inequívoca voz femenina le hizo recordar inmediatamente lo que había ocurrido. Era ella. Y eso la puso furiosa.

— Do… ¿dónde estoy? — preguntó Íryleth, con voz débil.

Todavía estaba afectada por el efecto de la toxina; que, aunque estaba remitiendo, seguía presente en su cuerpo.

— No ha sido nada fácil traerte hasta aquí. Y mucho menos lo ha sido el hecho de conseguir apresarte — respondió Katria, ignorando la pregunta.

— ¿Qué coño quieres de mí?

— Aquí las preguntas las hago yo, escoria — sentenció la cazademonios, en tono firme.

Íryleth trató de reunir fuerzas para intentar liberarse, pero era completamente inútil. En su estado, le era imposible hacer nada contra las cadenas que, aún sin poder verlas, podía sentir que aprisionaban la mayor parte de su cuerpo. Al ver cómo recobraba el sentido y empezaba a retorcerse entre sus ataduras, la humana se aproximó hacia ella.

— ¿Qué piensas hacer conmigo? — se atrevió a preguntar la demonio.

Katria le respondió propinándole un fuerte puñetazo en la cara. Acto seguido, le retiró la capucha.

— A cada pregunta, la respuesta te va a doler más. Y estaremos así hasta que lo entiendas.

Íryleth pudo entonces contemplar con sus propios ojos la realidad de su situación, levantando un poco la mirada. Katria la había llevado hasta una habitación amplia, que por su apariencia y las escaleras que podía ver al fondo se debía tratar de un sótano. Había dos grandes vigas de madera en el centro de la estancia que sostenían un techo del mismo material, aunque las paredes estaban hechas de piedra y argamasa. Aquel lugar claramente no era ningún tipo de sala de torturas, pero su anfitriona la había acomodado para ese fin, sin escatimar en detalles.

A su derecha, había una pequeña mesa con toda clase de herramientas encima: alicates, pinzas, una sierra, un martillo, distintos cuchillos y clavos enormes… Todo cuanto aquella mujer pudiera necesitar para tratar con ella. Diversas herramientas y armas más grandes, como era el caso de hachas para cortar madera y varias cadenas de eslabones gruesos, colgaban de la pared opuesta. También había, a un par de metros de distancia, dos extraños dispositivos que no terminaba de distinguir bien. El de su izquierda llevaba encima colocado una especie de fusil, que le apuntaba a ella. Sin embargo, el que estaba a su derecha portaba algo diferente que no se parecía a nada que ella hubiera visto antes; aunque tuvo el presentimiento de que también se trataba de un arma, pero más rudimentaria. El lugar estaba bien iluminado, con varias lámparas de luz cálida en el techo y la parte superior de las paredes.

En el centro de la sala, justo delante de sus narices, estaba Katria, observándola de pie. Era ligeramente de menor estatura que ella, aunque como tenía las piernas abiertas podían mirarse a la misma altura, frente a frente. Nunca había tenido la oportunidad de contemplar tan de cerca las facciones de su rostro: ojos pardos de tono claro, una piel considerablemente pálida para la región del mundo en la que habitaba, unos labios más finos de lo que en un principio le había parecido, y una cicatriz horizontal en la mejilla derecha. Era la primera vez que la veía con el pelo suelto, ya que en sus enfrentamientos siempre lo llevaba recogido en una coleta o trenzado. En esa ocasión, lo llevaba con el flequillo echado hacia el lado izquierdo de su cabeza. Su tono era de un castaño muy muy claro, casi pudiéndose confundir con el pelirrojo si la iluminación era suficiente y adecuada. Sus ondulaciones le llegaban hasta un poco por debajo de los hombros, siendo el cabello mucho más corto que el suyo propio.

También esa era la primera vez que podía observarla sin su armadura: ni hombreras, ni espinilleras, ni rodilleras ni ninguna de las otras piezas. La notaba muy diferente, entre otras cosas porque la armadura del pecho le realzaba ligeramente la figura, y por el aspecto de su captora, Íryleth se dio cuenta inmediatamente de que no llevaba ningún tipo de sostén en ese momento. Tan sólo portaba una camisa de color claro y tono liso, similar a la que vestía la última vez que se habían enfrentado, bajo una chaqueta marrón de piel, de corte alto. Un fino cinturón sostenía a baja altura unos pantalones de tela color gris oscuro, y su uniforme terminaba en sus botas de combate, de piel, que le llegaban casi hasta la rodilla. Normalmente portaba un cinturón mucho más grande, que le permitía llevar distintos dispositivos y armas de menor tamaño cuando salía de caza.

Katria miró a su prisionera fijamente a los ojos. Dejó entrever una ligera sonrisa de satisfacción al ver su cara, totalmente inexpresiva.

— Veo que todavía sigues adormecida, trozo de carne. La toxina ha funcionado justo como esperaba.

En respuesta, Íryleth emitió un gruñido, pero eso sólo hizo que la cazademonios ampliara su sonrisa. Continuó observando el azul de sus ojos, y sus largos colmillos que sobresalían entre sus labios negros. Los demonios tenían muchos rasgos físicos que se asemejaban a los de los humanos, pero había tres que los diferenciaban claramente de ellos. El primero y más visible era el color de la piel, que podía variar entre distintas tonalidades de grises y azules, pasando incluso por ciertas gamas de púrpura. En el caso de Íryleth, era de un color azul índigo poco saturado.

Otro rasgo tan característico de los demonios era sin duda los cuernos que coronaban sus cabezas. Podían adoptar múltiples tamaños y formas, aunque apenas variaban en cuanto al color, siendo casi siempre negros o de algún tono de gris oscuro. Los suyos eran casi totalmente verticales, con ligeras ondulaciones en su parte intermedia. En contraste con su captora, su cabello era negro, liso y muy largo, llegándole casi hasta la cintura, lo que además favorecía estéticamente su cornamenta. Y, por último, estaban sus alargadas colas. Siempre de color negro, nacía en la zona posterior del hueso sacro y se extendía hasta alcanzar casi un metro y medio de longitud, terminando con una forma de punta de flecha muy afilada.

Katria se dio media vuelta y dio unos pasos alejándose de ella.

— Hay una cosa que sí que te voy a decir, desgraciada. Te he traído aquí para torturarte.

— No me digas — respondió Íryleth en tono burlesco, echando una ojeada a todos los instrumentos de tortura que había sobre la mesa.

— Esa actitud no te va a traer nada bueno, tenlo muy claro. Querías respuestas, y te he dado una. No esperes más generosidad de mí.

La cazadora se sentó en un pequeño taburete que había cerca mirando hacia ella de nuevo, se acomodó cruzando la pierna derecha y comenzó a analizar un pequeño dispositivo metálico, similar al que había empleado para derrotar a Íryleth, que llevaba en un bolsillo. La demonio no pudo evitar fijarse en las manos que manipulaban aquel objeto, cubiertas con finos guantes negros de piel que le daban a su captora un aspecto bastante más intimidante.

Íryleth, resignada, analizó su propio cuerpo con la mirada. Tenía los brazos extendidos horizontalmente, ambos encadenados desde los hombros hasta las muñecas a una tabla de madera alargada, a su vez anclada a la pared. Su pecho y su abdomen también se encontraban fuertemente restringidos de la misma forma, al igual que sus piernas, que Katria se había asegurado de mantener separadas entre ellas en un ángulo fijo de unos treinta grados. Su captora también le había encadenado el cuello y la cola a conciencia, impidiendo que pudiera hacer cualquier tipo de movimiento.

Pese a ello, la demonio trató de forzar ligeramente su cuerpo contra sus ataduras, en lo que Katria reparó inmediatamente.

— Te recomiendo que no intentes moverte mucho, o esto podría acabar muy mal para ti.

— ¿Peor de lo que ya es? — respondió Íryleth, en tono sarcástico.

— Todavía ni siquiera te he hecho nada, escoria. Aún no es momento de que te hagas la víctima. ¿Ves eso de ahí? — Katria señaló al dispositivo que había colocado a su izquierda, el que Íryleth no había sabido reconocer — Esa ballesta tiene tres proyectiles apuntando directamente a tu cabeza. He puesto un dispositivo detrás de tu cuello, entre la cadena y el anclaje, que la activará en caso de que te agites demasiado. A menos que quieras que la ballesta te reviente los sesos y tu sangre termine decorando las paredes de mi sótano, haz el favor de estarte quieta.

Al escuchar aquello, Íryleth entendió que su situación era mucho más delicada de lo que imaginaba en un principio. Todavía se estaba recuperando, y no tenía fuerzas para ni tan siquiera intentar soltarse de aquellas cadenas de eslabones gruesos. Pero mientras tuviera aquella arma automática apuntándole a la cabeza, uno de sus únicos puntos débiles, no tendría forma de escapar de aquel lugar. Aquella mujer sabía cómo tomar precauciones.

— Y, como te habrás podido imaginar — continuó, señalando el dispositivo que había a su derecha —, a mi lado tengo el mismo rifle con el que te disparé cuando caíste ante mí. Está cargado y listo con la misma toxina que te dejó inconsciente, apuntando a tu corazón. Así que no intentes ninguna tontería, o tendré que dormirte otra vez.

¿De verdad esta tía me ha traído a su puta casa?; se dijo la demonio a sí misma.

— He trabajado mucho en perfeccionarla, ¿sabes? Esa sustancia. No resultó tan útil la anterior vez que nos encontramos, aunque quizá se debió a las bajas dosis que conseguí inocularte con los dardos. No conozco tan bien vuestro organismo como quisiera… de momento.

Mientras su captora hablaba, la demonio no dejaba de mirar cómo manipulaba aquel proyectil con esos guantes de piel. Al mismo tiempo que admiraba lo bien que le sentaban, ardía por dentro de rabia al ver en sus manos el mismo dispositivo que le había dado la llave para derrotarla, pero no tenía fuerzas ni siquiera para quejarse.

— Logré hacerla más potente, y supuse que inyectártela directamente en un órgano como el corazón, y en una dosis mayor, bastaría. La dosis que te di podría matar a diez o doce caballos, y tú sólo te has dormido. Reconozco que siento cierta admiración por vuestra resistencia física a… absolutamente cualquier cosa.

— ¿De qué narices está hecha esa toxina? Casi acabas matándome.

— Pero no lo he hecho, por suerte para ti. Si hubiera sido así, tan sólo tendría que reducirla más y buscar otro engendro al que capturar. Y no necesitas saber cómo la he fabricado, sólo lo que ocurrirá si te inyecto otra dosis. Más te vale tener cuidado.

Katria dejó de prestar atención a su juguete por un momento, y echó un vistazo al trofeo que tenía encadenado a la pared. Recorrió su cuerpo con la mirada, observando las escasas prendas que llevaba puestas. Tan sólo lo que parecían unas oscuras vendas rasgadas alrededor del pecho, que se lo comprimían ligeramente, y una especie de pantalones muy cortos, igual de deteriorados. Ella no le había quitado nada, sino que estaba tal cual se la había encontrado.

— Por lo que veo, también resistís bien los cambios de temperatura. Ninguno de los tuyos lleváis apenas ropa de ningún tipo nunca. Y he conocido a unos cuantos.

— Te sorprenderías.

— Lo que realmente me sorprende es que existan en este mundo criaturas tan despreciables, diabólicas y repugnantes como vosotros.

Íryleth respondió con un estufido. La cazadora dejó el proyectil sobre la mesa donde tenía el resto de herramientas, y se encaró con su prisionera.

— ¿Qué pasa? ¿Es la primera vez que una humana os dice algo así a la cara a alguno de vosotros? ¡Sois pura maldad encarnada! ¡Matáis personas por placer, os deleitáis con ello y os alimentáis de nosotros sin sentir ninguna clase de remordimiento!

— Para estar dándome un discurso propio de vuestra Inquisición, la verdad es que no te asemejas mucho a ellos.

Katria continuó gritándole, soltando lentamente años de ira y resentimiento acumulados. Sentimientos que estaba totalmente dispuesta a permitir que determinasen la clase de trato que iba a darle a aquella demonio.

— ¡No metas a la Inquisición en esto, gilipollas! ¡Lo vivimos constantemente! ¡Vivimos aterrorizados por vuestra presencia desde antes siquiera de aprender a caminar! Es una tortura emocional pensar todos los días de tu vida que en cualquier momento podéis aparecer de repente y despedazarnos como si nada, o llevaros por delante a alguno de nuestros seres queridos.

Íryleth, que había empezado cachondeándose de ella, optó por una estrategia diferente: tratar confundirla para buscar fracturas en su aparente estabilidad emocional.

— ¿Eso que dices me lo has dicho en serio, o es lo que la Inquisición os ha repetido una y otra vez durante toda vuestra vida? ¿Cuántos humanos han muerto a manos de un demonio este último mes? ¿Y durante todo el último año? ¿Qué me estás contando, tía?

Katria no daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿De verdad la estaba vacilando? ¿Ella? ¿En una situación como esa?

— Hablas como si esto fuera un genocidio. Entiendo que os moleste que os asesinemos y nos alimentemos de vosotros — casi soltó una carcajada —, pero no hables de ello como si fuera algo que vivís en el día a día, cuando la realidad es que los inquisidores hacen de esto algo mucho más grande de lo que realmente es, y lo sabes perfectamente.

Su captora apretó los puños, llena de ira. No podía creerse que aquel ser infame estuviera excusando las matanzas que hacían por puro placer, atemorizando a toda la población, e hiciera de ello una especie de inconveniente sin apenas importancia.

— Así que, si vas a torturarme diciéndome esas gilipolleces para intentar que me sienta mal por mis actos, por favor, vuélame los sesos de una vez y termina con est-

Katria la calló de un fuerte puñetazo en el vientre, a lo que Íryleth no pudo evitar soltar un leve quejido. Para ser humana, le sorprendió la fuerza con la que había sido capaz de golpearla.

— Puedes suicidarte cuando quieras, desgraciada. Sólo tienes que mover el cuello hacia adelante lo suficiente, y la ballesta hará el resto.

La demonio trató del recuperar el aliento, al tiempo que Katria echaba mano a uno de los puñales de menor tamaño de la mesa que tenía a su izquierda. No pasó por alto el hecho de que su prisionera hubiera mencionado a la organización que, en la práctica, gobernaba toda Stellion.

— Dime una cosa, ¿cómo es que conoces a la Inquisición? ¿Qué sabes de ellos?

— Soy… digamos que soy una demonio un tanto diferente. Sé cosas sobre tu mundo que muchos otros demonios ignoran — respondió con voz entrecortada, dejando entrever una leve sonrisa —. Quizá las descubras antes de matarme.

Esa respuesta no la dejó satisfecha. Pero trató de mantener la cabeza fría, y centrarse por el momento en prioridades más importantes que averiguar lo que sabía acerca de los inquisidores.

— No voy a matarte. Te he traído aquí para torturarte, no para acabar contigo.

— ¿Entonces sólo quieres pasar un buen rato divirtiéndote conmigo antes de entregarme a esos cerdos? Deben de pagarte muy bien por ello.

— No voy a entregarte a nadie. Te he capturado por mis propios medios, y te he traído aquí para hacer contigo lo que me venga en gana.

Esas palabras generaron un fuerte desconcierto en la mente de Íryleth. ¿Cómo que no iba a entregarla? No parecía tener relación alguna con la inquisición, pero, ¿mantenerla retenida indefinidamente en su propio sótano? Aquella mujer debía de ser la mayor lunática con la que se hubiera cruzado nunca.

— Estás loca.

Katria sujetó el puñal con fuerza y se lo clavó a su prisionera firmemente en el vientre, a lo que esta emitió un fuerte grito de dolor, mientras borbotones de sangre negra comenzaban a emanar de su interior.

— Más vale que empieces a dirigirte a mí con respeto, o esto empezará a peor a ir para ti más rápidamente de lo que te imaginas — le dijo, retorciendo concienzudamente el arma en sus entrañas —. Sé perfectamente el dolor que sois capaces de soportar, y es algo que voy a usar a mi favor durante tu estancia aquí. Los únicos locos sois vosotros, asesinos dementes.

Dejó el arma insertada en su cuerpo, y se alejó un metro de ella para observarla mejor.

— Vo… vosotros no sois tan diferentes — Íryleth hablaba con voz entrecortada, debido al sufrimiento causado por la puñalada —. Matamos a otros seres vivos para alimentarnos, igual que hacéis vosotros.

— ¿Me estás comparando matar a un animal con asesinar a una persona?

— El que uses términos diferentes no cambia el hecho de que te refieras en ambos casos al acto de quitar una vida.

— ¡Los animales son ganado! ¡Lo que vosotros hacéis es matar seres conscientes para vuestro propio disfrute!

— Para nosotros, vosotros sois ganado desde que existe la vida sobre este mundo, humana. Además, ¿tan claro tienes que los seres a los que vosotros llamáis de esa forma no tienen conciencia propia? ¿O es que incluso os atrevéis a creer que no sufren por lo que hacéis con ellos?

Katria empezó a entrar en un bucle de negación. No podía creerse lo que estaba escuchando.

— ¡No tiene ni punto de comparación! ¡Nosotros nos alimentamos de ellos!

— Nosotros hacemos lo mismo.

— ¡Vosotros os deleitáis con ello! ¡Disfrutáis con nuestro sufrimiento! ¡Incluso jugáis con vuestras víctimas antes de alimentaros de ellas!

— Existen muchos tipos de demonios, y yo no respondo por las acciones de otros. Al igual que tú no respondes por las crueldades de cualquier otro humano, ¿no es así?

Katria se quedó asombrada de que un demonio pudiera tener semejante moralidad, y por un momento se quedó en silencio, sin tener claro qué responder a eso. Íryleth, por su parte, sabedora de que tenía razón en lo que estaba diciendo, estaba mintiendo como una bellaca.

— No juzgues a todos los demonios por igual, porque somos muy diferentes unos de otros.

— Vi cómo desmembrabas a la gente en aquella caravana. Tú no eres distinta.

— Te demostraré que te equivocas en eso. Y sí, lo hice, pero eso no quiere decir que disfrutara con ello tal y como lo estás planteando. Es mi forma de luchar, yo no uso armas como vosotros.

No podía haber mentido más vilmente en ese momento. Lo había disfrutado como la sádica que era. Cada golpe, cada grito, cada extremidad amputada y cada víscera consumida dejando un rastro de sangre caliente en su boca. Y su interlocutora había caído totalmente en su juego como si nada.

— No hay nada que justifique lo que hacéis. Absolutamente nada. Soy una cazadora de demonios, y mi objetivo es precisamente evitar cuantas muertes pueda matando a tantos de vosotros como sea capaz.

— Y sin embargo, aquí sigo, viva.

— ¿Tanta prisa tienes por morir, escoria?

— Lo que tengo es curiosidad por saber qué hay en esa retorcida cabeza tuya, cazadora de demonios. Qué narices estás haciendo aquí hablando conmigo, entre otras muchas cosas.

Katria cambió completamente de actitud, se acercó de nuevo a ella, y lentamente comenzó a retorcer el puñal entre las entrañas de su prisionera, abriendo de nuevo el tejido cicatrizante que se había formado alrededor. Aquello pilló a la demonio por sorpresa.

— Dime tu nombre — ordenó, con voz calmada.

Íryleth trató de resistirse momentáneamente, pero el dolor era insoportable y no tardó más que unos segundos en obedecer.

— Í… Ry… Leth.

— Buena chica, Íryleth. Tu nombre no suena mal, aunque no se parece en nada a ninguno que haya escuchado hasta ahora. Nunca supe el nombre de ninguno de los demonios a los que he matado, ¿sabes? Quizá incluso había alguna tocaya tuya entre ellos.

¿Buena chica? ¿Cómo que buena chica? ¡Pienso desollar viva a esta malnacida en cuanto consiga salir de aquí, joder!; dijo con rabia Íryleth para sus adentros, sin importarle lo más mínimo que acabara de presumir de haber matado a otros miembros de su especie.

Finalmente, Katria le extrajo el arma incrustada.

— ¿Ves? Esto es una pequeña muestra de lo que quiero. De lo que hay en mi cabeza, que dices que tanto quieres conocer. Quiero enseñarte a obedecerme mediante el sufrimiento, Íryleth, y mis métodos no te van a gustar lo más mínimo.

A ella le dolía tanto el vientre que no hizo ni siquiera amago de responderle, pese a lo humillante que había sido lo que le acababa de hacer. Se centró únicamente en regenerar sus heridas lo más rápido posible. Aquellas últimas palabras de su captora le hicieron empezar a creer que aquella mujer estaba loca de verdad. O eso, o era mucho más ingenua de lo que le había parecido en un primer momento, pese a que mostrara una enorme confianza en sí misma.

— Me has dicho tu nombre con tan sólo ordenártelo una vez — se burlaba Katria, obviando la puñalada que le acababa de atestar —. Eso me hace pensar que terminarás siendo obediente con facilidad. Pobre de ti como me equivoque.

Íryleth se sentía vulnerable, pero no intimidada. Tenía una sensación de seguridad que no sabía explicarse a sí misma, pese a la situación en la que se encontraba. Inconscientemente, no dejaba de ver a esa miserable humana más que como mero ganado, un patético ser infinitamente inferior a ella.

— Suerte con ello — respondió finalmente la demonio, en un nuevo ataque de rebeldía.

En respuesta, Katria, sin cambiar un ápice su expresión facial y sin dejar de mirarla, entrelazó los dedos de sus manos y los estiró hasta que sonaron varios crujidos. Acto seguido, echó mano a un martillo y a un clavo ligeramente oxidado de grandes dimensiones.

— Llevaba horas esperando a que despertaras, y lo cierto es que ya estoy bastante cansada. Sin embargo, tú has estado durmiendo todo este tiempo, así que no necesitas seguir descansando. Dudo que falte mucho para que el efecto del veneno, que todavía puedo ver en tu agotado rostro, se te pase, y vuelvas a sentirte tan enérgica como antes.

Apoyó la punta del clavo en el centro de la palma de la mano derecha de Íryleth, quien por primera vez le lanzó una mirada de terror a la mujer que la había apresado, sabedora del enorme dolor que estaba a punto de infligirle.

— Necesito estar en condiciones óptimas para tratar contigo, así que voy a subir arriba a acostarme durante unas horas. Pero, ¿sabes una cosa? No quisiera irme sin antes dejarte algo en lo que pensar en mi ausencia.

Katria hizo una breve pausa, dejando entrever una ligera sonrisa de satisfacción, antes de concluir:

­— Y, por cierto, puedes llamarme Katria.

Sin contenerse lo más mínimo, comenzó a golpear intensamente la cabeza del clavo. Éste se insertó tras el primer golpe en la carne de la demonio, quien no dejaba de gritar a viva voz, llena de rabia por no poder hacer nada por oponerse a aquella malnacida y por el intenso dolor, que aumentaba con cada golpe.

— ¡Joder! ¡K…KATRIA!

La humana seguía golpeando con fuerza, y no pararía hasta que la mano de su prisionera quedara bien anclada a la madera, en lo que estaba teniendo gran éxito.

— No sabes cuánto me agrada que la primera vez que te he escuchado pronunciar mi nombre haya sido gritando así, Íryleth. Ni te lo imaginas.

Katria le había respondido sin tan siquiera mirarla a la cara, y manteniendo un tono de voz suave y tranquilo, como si estuviera simplemente pelando, ni siquiera cortando, alguna clase de verdura en la cocina.

— D… ¿de verdad estás disfrutando con esto, jodida desgraciada?

— Muchísimo.

Aquel dolor tan intenso y aquella actitud impasible de su captora comenzaron a hacer mella en la fortaleza interna de Íryleth. Una vez que Katria había dejado de amartillarla, trató de dejar de gritar en un último intento por mantener su dignidad, y comenzó a gruñir en su lugar como forma de descargar parte del intenso dolor que sufría.

— Con esto te acordarás de mí hasta que vuelva ­— sentenció la humana, dejando el martillo de vuelta a su lugar y dándole la espalda a su prisionera —. Y que sepas que no es nada comparado con todo lo que tengo pensado hacerte, Íryleth. Reúne tus fuerzas, porque las vas a necesitar.

— Katria, no sabes lo que estás haciendo.

La cazademonios, que había comenzado a alejarse de ella, dispuesta ya a abandonar la estancia, se detuvo un instante y se dio la vuelta. No pudo resistirse al tono desafiante que Íryleth, aún con tanto dolor, seguía empleando con ella. Katria pudo distinguir en su mirada un brillo blanquecino que emanaba de sus iris, algo que no había observado antes en ella ni en ningún otro demonio. Por un momento, se olvidó de que iba a dejarla allí e irse a dormir, y no dejó de observarla fijamente durante unos pocos segundos.

— ¿De verdad lo crees?

— No tienes la menor idea de dónde te estás metiendo, pedazo de lunática. Esto ya no tiene vuelta atrás.

— Créeme, Íryleth. Confío en ello.

Katria subió los escalones que separaban la puerta de entrada del resto de la estancia, y volvió la mirada hacia su cautiva por última vez antes de apagar las luces y dejarla encerrada.

— Tu vida ya no va a volver a ser la misma de antes. Voy a ocuparme personalmente de que no vuelvas a atemorizar ni asesinar a nadie jamás, eso tenlo claro. Al principio te resultará antinatural, pero terminarás acostumbrándote.

Con esas palabras y un fuerte portazo terminó por despedirse de ella. El brillo de los ojos de Íryleth no desapareció hasta que se quedó a solas, encadenada a la pared y con sangre emanando de la palma de su mano, en medio de la oscuridad.

Definitivamente eres mucho más ingenua de lo que aparentas, humana; comenzó a decir Íryleth para sus adentros.

¿Acaso quieres hacerme alguna especie de rehabilitación? ¿Quieres torturarme hasta el borde de la muerte, con la esperanza de que termine renunciando voluntariamente a mi naturaleza, a mi ansia y necesidad de alimentarme de vosotros? ¿Crees que algo así de verdad te servirá de algo? ¿Has perdido el juicio? No, no tiene sentido que emplees tanto esfuerzo en tratar de corregir el comportamiento de un demonio. Si tu intención fuera tan simple como evitar que siga acabando con vidas humanas, ya me habrías matado. Sería mucho más efectivo, y gastarías el tiempo que vas a emplear en ocuparte de mí en seguir cazando demonios. No, claramente tienes algo más en la cabeza; y, aunque me pareces bastante predecible en lo emocional, eres tan retorcida que no me atrevería a adivinar qué coño estarás pensando. Pero la verdad es que tampoco me importa en estos momentos.

Sentía un fuerte dolor debido al clavo que llevaba incrustado, y también en el abdomen, que no había cicatrizado aún del todo. Sus poderes regenerativos no estaban siendo tan eficaces como de costumbre, probablemente debido a los remanentes de toxina que aún circulaban por su organismo. Para su sorpresa, todavía sentía molestias en la cabeza de los golpes que Katria le había propinado antes. Aquella mujer no tenía una fuerza nada normal, y menos para alguien de su complexión, relativamente esbelta. No sabía que una simple humana pudiera ser capaz de golpear tan fuerte, ni tampoco de moverse tan veloz y ágilmente como lo había hecho en sus enfrentamientos. Definitivamente Katria ocultaba más de lo que parecía a primera vista.

No me importan tus intenciones, porque me ha quedado clara una cosa sobre ti. La última vez que nos enfrentamos fue la única ocasión en la que me he sentido vulnerable ante un humano en toda mi vida. En ese momento, solamente cuando lograste derrotarme, tenías alguna ventaja sobre mí. Y ahora, por mucho que me hayas atado y por muchas medidas que hayas tomado para que no salga de aquí, vuelves a tener las de perder.

He visto algo en ti que me ha hecho recordar un detalle que había olvidado desde que me inyectaste ese jodido veneno. Eres débil, Katria. Débil e idiota como todos los humanos. Tienes un cuerpo fuerte para alguien de tu especie, pero tu mente no es diferente a la de ninguno de ellos. En el fondo eres tan patética como cualquiera de los tuyos. Has cometido un error muy grave, que ha sido el dejarme con vida. Un error del que pienso hacer que te lamentes muy pronto, cazadora. No voy a desollarte viva mientras te obligo a mirar mi sonrisa de satisfacción y te hago observar cómo me alimento de tus entrañas mientras sigues con vida. Eso sería demasiado benevolente para la crueldad que te mereces. Voy a hacerte algo mucho, mucho peor. Y la llave de mi salvación va a ser precisamente la causa de tu perdición.

 

Comentarios