La cadena invisible
Me encuentro en una posición un tanto peculiar entre nosotras, teniendo en cuenta nuestra dinámica habitual. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, se me hace extrañamente familiar, y en absoluto me siento fuera de lugar. Estás sentada en el sofá, acomodada y desnuda, mientras que yo estoy arrodillada frente a ti, justo delante de tus pies.
Te he dejado ponerte cómoda, para que te sea más fácil quedarte completamente quieta, como te he ordenado. En esta ocasión, quiero que al principio estés lo más relajada posible. No te preocupes, esa tranquilidad te va a durar muy poco.
Me observas con atención, sin mover un ápice de tu cuerpo. Yo, sin embargo, no te devuelvo la mirada, sino que estoy centrada en lo que tengo entre mis manos. Sujeto tu pie derecho con mi mano izquierda, mientras que con la derecha acaricio suavemente tu pierna. Estoy terminando de examinarla empleando únicamente la vista y el tacto, tomándome mi tiempo, pues no quiero dejar pasar ni el más mínimo detalle de tu cuerpo sin que pueda explorarlo. Tu blancura me fascina; tu suavidad, me cautiva. Esa piel… ay, pequeña. Esa piel es toda mía.
Sin levantar la mirada, una vez me doy por satisfecha, desciendo por tu piel para terminar aprisionando con suavidad tu pie, con ambas manos. Comienzo a hacer lo mismo, pero esta vez acerco aún más la vista. Quiero verlo de cerca. Quiero contemplarlo aún más en detalle. Ambas nos quedamos en silencio unos momentos, hasta que mi hasta ahora dócil y delicado comportamiento comienza a cambiar. Simultáneamente, te clavo la mirada en los ojos y comienzo a masajear, primero con suavidad y luego un poco más fuerte, la planta de tu pie. Procuro no provocarte cosquillas, pues no es eso por lo que estoy aquí. Mi mirada dominante y firme, aún estando yo arrodillada ante ti, te sirve de recordatorio.
No quiero oír un puto ruido.
A estas alturas, me conoces demasiado bien. Has aprendido a entender algunas de mis órdenes incluso sin que yo tenga que pronunciar una sola palabra. Te he enseñado a leerme la mirada, y a saber perfectamente lo que quiero. Obedeces, como la buena chica que eres, y te quedas callada. Por ahora no te lo estoy poniendo difícil, ¿no?
Mi ansia va creciendo poco a poco, pero a un ritmo cada vez más acelerado. Las suaves caricias están bien, y adoro proporcionártelas… pero empiezan a quedarse cortas. La mano que estaba masajeándote la planta del pie comienza a hacerlo al mismo tiempo con la parte superior, con el resto de mis dedos. Mientras, mi mano izquierda empieza a hacer lo propio con los dedos de tu pie. Y, mientras tanto, no aparto la mirada de ti ni un mísero instante. Me encanta comprobar por mí misma cómo cada vez te cuesta más cumplir mis órdenes, y cómo haces todo cuanto puedes por hacerlo y mantenerte inmóvil y en silencio.
Sin previo aviso, acerco lentamente mis labios a la superficie de tu
pie, y bajo la mirada. Doy por terminado el lento masaje, y comienzo a
besarlo con mucha, mucha delicadeza. Te beso toda la parte superior del
pie, y me acuerdo puntualmente de tus dedos. No abro los ojos en ningún
momento: únicamente estoy disfrutando de la textura de tu piel en mis
labios, y experimentando con todas las sensaciones que me provoca en el
cuerpo.
Estoy adorándote como corresponde.
Una vez he terminado de inspeccionar a mi juguete y dejarme cautivar por su suave piel, estoy lista para dar el siguiente paso. No sólo me gusta cuidar y mantener a punto a mi propiedad, sino que también siento en ocasiones esa necesidad de contemplarla, deleitarme con su presencia y su tacto, e incluso adorarla. Adorarla no como una deidad o alguna especie de ser superior. No por una necesidad de sentirme inferior a ella, ni nada por el estilo. Adorarla por una necesidad imperiosa de expresar lo maravillada que estoy ante ella, ante lo preciosa que es, lo mía que la siento, y lo mucho que adoro que así sea.
Saco disimuladamente mi lengua, y los besos poco a poco se convierten en lametones, igualmente suaves y delicados. No tengo prisa alguna por saciarme contigo, pues tengo todo el tiempo del mundo, y tú no te vas a mover de ahí hasta entonces. No estás atada, por extraño que pueda parecer dadas mis preferencias y costumbres contigo. Pero no necesitas ninguna clase de restricción física. Basta con el poder que mi voz y mi voluntad tienen sobre ti para que te comportes como si estuvieras atada, y casi puedas incluso sentirlo así.
El sabor de tu piel en mi boca, ahora en su plenitud… comienza a transportarme a otro lugar. Un lugar al que te lleva conmigo, lejos de donde estamos físicamente ahora. Toda clase de sensaciones brotan inmediatamente desde mi interior y se adueñan de mi conciencia y mi voluntad durante unos breves instantes… y yo misma se lo permito. Comienzo a percibir una sensación que me resulta cuanto menos intrigante. No puedo evitar verme reflejada en ese otro lado mío por un momento, tan intensamente, que casi puedo sentir cómo una cadena invisible atada en mi cuello se desliza hasta llegar a tus manos. Como si fueras tú, por un mísero instante quien lleva el control.
Pero no te equivoques, pequeña. Esa cadena es inexistente. Y si existiera una cadena atada a mi cuello que terminase en tus manos, no sería más que parte de la actuación que estamos llevando a cabo. Una actuación que dirijo yo, alguien que adora casi más que nada en el mundo jugar con las apariencias, engañar con ellas, y el intercambio de roles. No, pequeña. No existe ninguna cadena como símbolo, ni real ni ficticio, que represente mi sumisión ante ti.
Continúas paralizada, observándome atentamente. Comienzo a notar un ligero, casi imperceptible, aumento del ritmo de tu respiración. Definitivamente no, no eres la que lleva las riendas, pequeña. Pero es que ni siquiera te acercas. No importa cuánto me arrodille ante ti o cuánto te adore. Sólo estoy admirando mi posesión más preciada de la forma que más me gusta hacerlo. Adorándote. Engañando a nuestro público inexistente. Fingiendo algo que no podría estar más lejos de la realidad. Cómo me gusta, joder. Cómo me gusta.
Y es que el que seas mi muñeca inanimada, mi mascota obediente, y mi juguete favorita, también tiene como consecuencia el que a veces quiera jugar contigo de esta manera, pequeña. En este momento te siento más bien como una ángel inocente, delicada y pura. Ambas sabemos que no eres nada de ninguna de esas tres cosas, pero me encanta imaginarme que así es. Una ángel radiante, vulnerable, a la que tengo tan sometida que no puede moverse lo más mínimo sin el consentimiento expreso de mi voz. Que no puede hablar ni emitir sonido alguno, por más que quiera, porque mi voluntad así lo desea. Que me mira fijamente, mientras dejo su pie con cuidado en el suelo y comienzo a incorporarme, siempre arrimándome a ella, ascendiendo poco a poco por su cuerpo.
No dejo de besar y lamer tu pierna conforme asciendo, y tampoco me
detengo al llegar a tu abdomen. Cuanto más te saboreo, más adicta me
vuelvo a ti. Y es que cada vez me cuesta más encontrar las palabras que
necesito para expresar cómo me siento, o algo remotamente parecido a
ello. Mis instintos poco a poco se adueñan de mí, y yo se lo he
permitido. Ocupan poco a poco, pero incansablemente, el lugar de mi
raciocinio.
Y yo estoy encantada con ello.
Ahora empiezo a entenderlo. Eres una ángel que ha caído del cielo por un buen motivo. Tienes un deseo irrefrenable que te consume, crece dentro de ti constantemente y te controla, hasta el punto de no poder resistir el dejarte llevar y emprender la búsqueda incansable de satisfacer semejante deseo. El deseo de ser sometida, subyugada y controlada hasta la extenuación, hasta exprimirte al máximo, hasta el último ápice de tu ser y de tu alma. Hasta que olvides quién eres, o quién eras. Y has tenido la enorme suerte de cruzarte en el camino de una demonio, esa misma que tienes ante ti, y que se arrima a ti cada vez más. Una demonio que te observa fijamente, que te habla con la mirada, una mirada depredadora que sabes leer perfectamente y que te dice que sólo está pensando en devorarte hasta que no quede nada de ti. Que desea dominarte, consumirte, retorcer tu mente, usarte y hacerte suya de todas las formas posibles.
Pensándolo bien, el abandonar su naturaleza y entregarse irresistiblemente a su deseo… puede que esa sea realmente la demonio. Puede que sólo me haya visto reflejada en ti en cuanto a entregarme a mis instintos, solo que mis deseos son los complementarios a los tuyos. Puede, puede… que en el fondo tú y yo seamos mucho más parecidas de lo que indican las apariencias. Dos seres entregadas a los deseos más instintivos, a los placeres más primigenios, a unos impulsos totalmente irrefrenables. Sí, pequeña. Deseo hacer con tu cuerpo y con tu mente tantas cosas como tú misma deseas que haga, si no más, te lo aseguro. Por eso soy capaz de hacer todas estas cosas, y por eso tú eres capaz de obedecer tan ciegamente todo cuanto te ordeno. Porque forma parte de los instintos de ambas. No, definitivamente no somos muy diferentes tú y yo.
Hago una parada obligatoria en tus pechos, los cuales empiezo a acariciar muy suavemente con la húmeda punta de mi lengua. Más que placer, lo que deseo causarte es más y más deseo, deseo que satisfaré cuando me venga en gana. Un deseo con el que puedo controlarte con aún más facilidad.
No tardo en seguir ascendiendo, hasta que mi mirada y la tuya se encuentran frente a frente, a la misma altura. Te aprisiono contra el sofá con mi peso, al tiempo que sujeto con fuerza tu cabeza con ambas manos. Sé que no te vas a mover lo más mínimo, pues no te lo permito, pero tengo una necesidad imperiosa de sujetarte de todas formas como si fueses a atreverte a ello en cualquier momento. Tu mirada expresa miedo, temor ante la incertidumbre. Pero yo también sé leer tu mirada, pequeña, y no es eso en absoluto lo que estás sintiendo. Es deseo. Puro deseo, ansia porque siga avanzando, por conocer qué va a ser lo siguiente que voy a hacer contigo.
Estoy contemplando a una ángel que se muere porque su Ama demonio la corrompa hasta que sea completamente irreconocible. Ese es tu instinto más profundo, pequeña. Un instinto que pienso explotar al máximo para satisfacer el mío: corromperte hasta que seas irreconocible. Y empiezo en ese mismo instante, fundiendo mis labios con los tuyos en un beso tan cálido como intenso, con el que sello el inicio del trabajo que tengo por delante contigo.
No, definitivamente no somos muy diferentes tú y yo. La gran diferencia entre nosotras es que, hagamos lo que hagamos, ambas sabemos siempre quién tiene el control.
Comentarios
Publicar un comentario