Las cuatro rosas (II): La crueldad de Lyanna
— Espera, ¿qué…?
Ares y Lydia obedecieron con diligencia. Naíra, confusa, apenas tuvo tiempo de decir nada mientras se daba la vuelta para contemplar la satisfacción de Lyanna, cuando una mano le tapó la boca. Prácticamente se abalanzaron sobre ella. Lydia le sujetó los brazos con fuerza a la espalda, mientras que Ares se encargó de que no pudiera volver a decir ni una sola palabra. Ambas tiraron de ella hacia atrás, alejándola un par de metros de su Ama. Naíra trató de resistirse en un primer momento, pero enseguida entendió que era algo inútil siendo dos contra una. Sus amigas se esmeraban en retenerla con todas sus fuerzas y en evitar que hablara, pues esas habían sido las órdenes que les había dado Lyanna momentos antes a cada una de ellas.
Ahora encajaba todo en la mente de Naíra. A ellas les había dado una serie de directrices a cumplir mientras que a ella la había escogido como víctima de su primer juego. ¿Un juego de rol en el que hay dominantes, sumisas, pero también sumisas dominando? No, no era exactamente eso. Era un juego con jerarquías dentro de las sumisas. Quienes la dominaban físicamente a ella lo hacían únicamente bajo las órdenes estrictas de la verdadera dominante, que dirigía la acción en todo momento, como si se tratara de una obra de teatro. Un juego en el que no todas las sumisas eran iguales, sino que había unas que estaban claramente por encima de otras.
Y Lyanna había decidido desde el principio que ella sería la que estaría por debajo de todas.
Hizo intentos de soltarse de los agarres de Lydia, y un vago esfuerzo por tratar de hablar. Todo en vano. Viendo la tremenda escena que acababa de crear tan sólo con decir una palabra, Lyanna caminó lentamente hacia delante para acercarse a sus sumisas, sin dejar ni un solo instante de clavar su mirada en Naíra. Ella, quien abría más los ojos con cada paso que daba su Ama, fruto de la intimidación, había empezado a hiperventilar aún con Ares tapándole con fuerza la boca. En el momento en que Lyanna la agarró con fuerza de la mandíbula, Naíra dejó de forcejear con Lydia instantáneamente. No podía mover un solo músculo, solamente era capaz de mirar fijamente a la mujer que había provocado todo aquello mientras respiraba con fuerza.
— Ay, pero mírate… — su Ama la sujetó con fuerza de la mandíbula en cuanto llegó hasta ella — prácticamente ni hemos empezado y ya estás… así.
Lyanna puso su cara tan cerca de la de Naíra que parecía que iban a tocarse.
— ¿Qué te pasa, bonita? Te veo tan nerviosa, tan estimulada…
Su sumisa no sabía cómo reaccionar. Apenas era capaz de moverse, no podía hablar, y no podía ver nada más allá que la mirada depredadora y la sonrisa malévola de Lyanna. Estaba muy nerviosa y se sentía muy intimidada; sentía la necesidad imperiosa de agachar la cabeza (esta vez no por seguir las órdenes de su Ama, sino porque el miedo la hacía ser incapaz de seguir mirándola un solo instante a la cara), pero la tenían demasiado bien sujeta entre Ares y Lyanna como para permitirle el menor movimiento. Era una situación ante la que no podía hacer absolutamente nada.
— Tan… patética.
Lyanna le agarró súbitamente y con fuerza la zona de la entrepierna, sin dejar de apretarle las mejillas con la otra mano. No tardó en notar la fuerte erección de su sumisa, fruto de lo excitadísima que estaba.
— ¡Ja, ja, ja! ¡Tía, pero si ni siquiera te hemos hecho nada todavía!
Aquellas palabras de su Ama estimularon el lado rebelde de Naíra, quien, aún con la boca tapada, trató de hacer una mueca para contradecirla. Para ella, aquello era mucho más intenso de lo que esperaba en el escaso tiempo que llevaban de sesión, pero a Lyanna eso no le importaba. No iba a permitir que nadie la contradijera.
— ¿Acaso quieres decirme algo, zorra? Pues no me interesa — sentenció finalmente, en tono burlesco —. Vosotras dos, ya sabéis adónde llevarla. No quiero oír ni una puta palabra salir de su boca, ¿entendido?
— Sí, Señora — respondieron al unísono.
Lydia y Ares se la llevaron inmediatamente al otro lado de la sala, no sin lidiar con la resistencia que su amiga oponía en vano. Ambas se lanzaron mutuamente sendas miradas de complicidad, pues le habían cogido el gusto a lo que estaban haciendo. Su Ama había sido muy precisa con sus instrucciones, y de momento lo estaban haciendo bien. Nunca habían hecho algo así, seguir órdenes de alguien dominante al pie de la letra ayudando a someter físicamente a otra persona, que claramente no tenía ninguna opción contra ellas. Ares, en particular, estaba disfrutando muchísimo afanándose en mantener bien cerrada la boca de su amiga en todo momento.
Lyanna fue a por un rollo de cinta americana gris a estrenar, y siguió a cierta distancia a sus sumisas. Lydia y Ares le dieron la vuelta a Naíra, que seguía forcejeando con ellas, y la sentaron violentamente en una silla de madera, mirando hacia su Ama.
— Toma, Lydia. Átale bien las muñecas. Ares, suéltale la boca y ayúdala.
Ambas obedecieron con gran entusiasmo las órdenes, y le dieron varias vueltas de cinta a las muñecas de su amiga para que no hubiera forma de que pudiera soltarse por sí misma. Naíra, mientras tanto, se afanaba en recuperar el aliento, mientras trataba vagamente de soltarse de las ataduras con las que sus amigas se querían asegurar de que no se moviera durante un buen rato. Estaba claro que la estaban inmovilizando a conciencia.
De repente, Lyanna sujetó con fuerza las mejillas de Naíra, obligándola a mirarla fijamente. Clavando su mirada en ella, casi sin parpadear, y con una expresión de lo más seria, se dirigió a sus otras sumisas.
— Muy bien, chicas. Estáis cumpliendo de maravilla.
— Gracias, Ama — respondieron al unísono.
Aquella sensación provocaba que Naíra se estuviera muriendo por dentro de miedo y placer a partes iguales. Su Ama reparó enseguida de que no había dicho una palabra pese a que ya podía hablar. Forcejeaba, respiraba con fuerza, incluso había empezado a sudar; pero no decía una sola palabra. ¿Quizá seguía todavía en shock y simplemente no sabía lo que decir? Fuera cual fuere la razón, aquello no le gustaba. No pensaba renunciar de ninguna manera al placer de conversar en una situación tan sumamente desigual con la sumisa a la que estaba sometiendo. Eso, como todo lo demás, también era parte del juego.
— Naíra, pequeña… deja de resistirte. Te tengo justo donde quiero, y no tienes la menor posibilidad de escaparte.
Pero su sumisa no tenía intención de darse por vencida tan rápidamente.
— ¡Já! Eso habrá que verlo — exclamó, con un tono de lo más rebelde, casi soltando una carcajada.
Aquel repentino cambio de actitud pilló a Lyanna por sorpresa. No le gustó lo más mínimo.
— Pe… ¿pero tú quién coño te has creído que eres?
Aquella pregunta retórica de su Ama vino acompañada de un par de bofetones, que le borraron la sonrisa de la cara a Naíra de un plumazo.
— ¿Es que todavía no entiendes cuál es tu lugar aquí, zorra? Ares, sujétale bien la cabeza. Lydia, tú ven aquí.
Ambas obedecieron diligentemente aquellas órdenes. Lyanna hizo un gesto a Lydia para que se colocara a cuatro patas, de forma que ella pudiera sentarse encima para poder estar a la misma altura que Naíra y tenerla frente a frente. Ella, por su parte, trató de apartarle la mirada un par de veces; pero Ares, quien se afanaba en hacer cumplir la voluntad de su Ama, lo impidió.
— ¿Y bien? ¿Ahora no tienes nada que decir? ¿O es que de verdad ha sido tan fácil quitarte la tontería? — se burló Lyanna, soltando una carcajada.
Naíra era incapaz de hacer nada en aquel momento. No podía moverse, ni apartar la mirada, ni tampoco decir una sola palabra, ya que la respuesta de Lyanna le había quitado el habla sin necesidad de que nadie le tapara la boca esta vez. Estaba completamente a merced de ellas, y ahora estaba siendo realmente consciente de su situación. Por otro lado, Ares estaba disfrutando mucho de las tareas que su Ama le había ido encomendando, lo que se reflejaba en la ligera sonrisa malévola que no se molestaba en esconder. Y, por su parte, Lyanna quiso dejar claro en voz alta lo excitada que estaba Naíra, con la única intención de humillarla aún más.
— La habéis puesto cachondísima en un momento, chicas. Luego os compensaré a vosotras debidamente.
— Gracias, Ama.
— Aunque el mérito no es todo vuestro — Lyanna volvió a sujetar de la mandíbula con fuerza, mientras la miraba fijamente a los ojos —, es que hemos dado con una chica tan sumamente guarra que nos lo pone muy fácil. Le vuelve loca lo de que la inmovilicen con fuerza y no le den la menor oportunidad de escapar, ¿verdad?
Cada palabra que salía por la boca de su Ama hacía que Naíra se ruborizase más y sintiese mucha más vergüenza, hasta el punto de ser incapaz de seguir mirando a Lyanna a la cara. Había empezado ya más a gemir que a respirar; empezaba a sentir que la excitación y la timidez la sobrepasaban.
Tras deleitarse un momento contemplando la escena, Lyanna se levantó y le hizo un gesto a Ares para que se apartara. Echó mano al rollo de cinta que habían empleado para atar a Naíra, se colocó detrás de ella y la agarró con fuerza del pelo, de forma que no podía girarse para mirarla a la cara.
— Voy a ponerte en tu sitio, pequeña. Si prefieres estar calladita, me aseguraré de que lo estés durante un buen rato.
Su Ama empezó a atarla a la silla lentamente, asegurándose de que los tirones de la cinta hicieran todo el ruido posible. Un ruido que hacía que Naíra se sintiese aún más vulnerable si cabía. Le dio varias vueltas apretando con fuerza por encima del pecho, otras tantas por debajo, varias a la altura de los muslos para que quedaran bien pegados a la silla, y por último le ató las piernas juntas.
Sin embargo, justo cuando Lyanna terminó de amarrarla a la silla y se dispuso a ponerse de nuevo frente a ella, Naíra alcanzó a darle un mordisco en el brazo izquierdo.
— ¡Ay! ¿Pero qué mierda te has creído?
Naíra no pudo evitar dejar escapar una leve risa de satisfacción tras contemplar la reacción de su Ama. Le había salido ese lado rebelde justo ahora, cuando ya estaba atada y totalmente vulnerable ante sus amigas. Lyanna no tardó apenas en echársele encima, sentándose sobre ella y tapándole la boca con fuerza con una de sus manos.
— Esta vez te has pasado de la raya, zorra. No sé qué tontería te ha dado ahora, pero te la pienso quitar de un plumazo. Por desgracia para ti, te conozco muy bien, y sé perfectamente lo que necesitas para corregir esa actitud y dejarte de gilipolleces.
Sin darle siquiera tiempo a reaccionar, Lyanna dejó caer el rollo de cinta y cerró la nariz de su sumisa con su otra mano, apretando con fuerza suficiente para impedirle respirar. Naíra apenas tardó en empezar a pasarlo mal por la falta de aire.
— Vamos, pequeña. Ahógate para mí…
Casi desde el principio, Naíra había empezado a temblar y a retorcerse. Apenas habían pasado unos segundos, pero en aquella situación se le hacían eternos.
— Así me gusta… Buena chica…
Cuando Lyanna lo consideró oportuno, no sin antes asegurarse de que había hecho sufrir lo suficiente a su sumisa, le permitió coger aire de nuevo. Soltó simultáneamente su nariz y su boca, y se levantó mientras Naíra trataba de recomponerse. Se había mareado un poco, algo relativamente normal tras una práctica así. Casi ni se percató de que su Ama se estaba quitando las bragas delante de sus narices.
— Abre la puta boca — ordenó, sujetándola con fuerza de las mejillas.
Naíra obedeció, y Lyanna le introdujo sus bragas sin la más mínima delicadeza. Acto seguido, y sin darle el menor respiro, echó mano de nuevo al rollo de cinta y empezó a amordazarla violentamente, zarandeándole la cabeza.
— A mí NADIE me vacila de esa manera —le dijo, visiblemente molesta con ella, aunque disfrutando muchísimo de aquel momento —. Voy a asegurarme de que lo hayas entendido cuando terminemos.
Tras deleitarse con ella, Lyanna le dio una bofetada y se dirigió hacia la mesa donde había dispuesto todo su arsenal previamente. Regresó al momento con un collar de cuero negro con una argolla de diámetro considerable. En absoluto silencio, y con una delicadeza que contrastaba con la actitud que había tenido hacia ella hacía unos instantes, se lo puso alrededor del cuello, y lo cerró asegurándolo con un pequeño candado.
Se puso delante de ella para mirarla a la cara de nuevo. Le clavó sus uñas en las piernas, a lo que Naíra soltó un suave quejido que claramente había tratado de contener. A Lyanna se le ponían los dientes largos observándola, deleitándose con el sonido de su voz a través de la mordaza, y disfrutando de lo bien que le sentaban todas esas vueltas de cinta alrededor de la boca.
— Bueno, preciosa — comenzó a hablarle, agachándose para colocarse justo delante de su cara —, puede que te haga llevarlo puesto después de la sesión. Ya veremos cuándo te lo quito.
Naíra se ruborizó cuando escuchó aquello, pensando en la idea de tener que llevar ese collar de manera indefinida, incluso tras terminar de sesionar. Le fascinaba la idea de que una sesión tuviera consecuencias más allá de su mera duración, como podían ser unas buenas marcas en el cuello o tener que llevar un collar de sumisión.
Y Lyanna era muy consciente de ello. Con ella, nada se hacía por casualidad.
Al mismo tiempo, Ares se aproximó con las manos detrás de su espalda, como queriendo esconder algún objeto que llevaba consigo. Sin mediar palabra, le puso una capucha de tela negra a Naíra, cubriéndole la cabeza entera, dejando apenas visible el collar que ahora llevaba puesto. Su Ama aprovechó para dirigirse a ella de nuevo; ahora que, además de no poder hablar, tampoco podía ver nada.
— Eres mía. Toda mía. No te vas a escapar de aquí, no pienses que vas a ningún sitio, ¿me has entendido? Vas a quedarte ahí un rato, pequeña, hasta que me apetezca jugar contigo de nuevo. Y entonces, pienso hacer de todo contigo hasta que termine agotada; voy a hacer que me des todo el placer que me merezco como tu Ama, sin rechistar lo más mínimo. ¿Te queda claro? — Lyanna le acarició la mejilla por última vez, rozando la tela de la capucha con suavidad, pero lo suficiente como para que Naíra se estremeciera — Recuerda lo que eres: un juguete para mi uso y disfrute, sujeta completamente a mi voluntad. Prepárate, bonita. Esto te va a encantar… pero no tanto como a mí, te lo aseguro.
Acto seguido, Naíra comenzó a escuchar unos pasos alejarse lentamente.
— Lo habéis hecho muy bien, chicas — era de nuevo la voz de Lyanna —. Habéis actuado tal y como esperaba de vosotras. Es hora de os recompense, mientras la zorra de Naíra descansa un rato y reflexiona sobre su lugar aquí, que ha quedado más que claro que desconoce. Ya le ayudaremos a interiorizarlo del todo más tarde, ¿verdad?
Mientras las tres se reían entre carcajadas, Naíra se moría de la vergüenza. Intentaba moverse, tratando instintivamente de esconder la cabeza entre sus brazos o piernas para hacerse un ovillo, pero sus esfuerzos eran completamente inútiles. Atada a conciencia de pies y manos a la silla, completamente inmovilizada, no tenía ninguna opción de hacerlo. Con el corazón palpitando con fuerza, y sin terminar de asimilar todo lo que acababa de ocurrir en los últimos minutos, se resignó a esperar su turno de nuevo.
Nadie en aquella habitación estaba disfrutando tanto como ella. Sabía que lo iba a pasar mal, pero en el fondo se moría por hacerlo.
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