PRÓLOGO
Aquella había sido la primera noche en semanas que había podido descansar en condiciones. El primer pensamiento que se le vino a la cabeza cuando despertó fue que no estaba nada segura de cuánto tiempo había estado durmiendo. Intuyó que bastante, por lo agotada que estaba cuando se acostó. Sin embargo, no dedicó mucho tiempo a pensar en ello, y se apresuró en levantarse y salir de su habitación. Tenía mucho trabajo por delante, y no tenía intención alguna de perder el tiempo.
Mientras caminaba, Íryleth se fijó en que una de sus oscuras y afiladas uñas estaba rota. Normalmente medían alrededor de centímetro y medio, pero la de su dedo índice izquierdo apenas llegaba a la mitad de esa longitud. Acarició suavemente la zona del corte con el pulgar de la misma mano para sentir el tacto de la irregular superficie que se había formado; sensación que le otorgaba cierta satisfacción. Debía de haberse partido el día anterior, durante su regreso, aunque le resultó extraño no haberse dado cuenta hasta ese momento. Siguió avanzando por el estrecho y oscuro pasillo al tiempo que comenzó a regenerar su uña, dejándola como nueva en apenas unos segundos.
Al cabo de unos minutos, se topó de frente con la puerta de madera robusta de uno de los almacenes de la guarida, que había cerrado ella previamente con una llave propia. Tras abrir la cerradura, accedió a la pequeña estancia, dejando la puerta abierta. En su interior se apilaban decenas de sarcófagos, muchos de ellos vacíos, que contenían los restos de humanos de los que ella y el resto de su comuna se habían alimentado recientemente. Las enormes cajas estaban apiladas en torres apoyadas en la pared, dejando un amplio espacio en el centro de la sala. Allí se hallaba un único ataúd de color negro, descansando en posición horizontal frente a ella. La demonio se aproximó, y se dispuso a abrirlo.
* * * * *
Los demonios, pese a ser de tamaño y aspecto humanoide, eran indudablemente superiores a los humanos en todos los sentidos, y así había sido desde el inicio de los tiempos. Rara vez un encuentro entre una demonio como ella y un humano le dejaba algún tipo de herida en el cuerpo, ya pudiera causarla un pobre desafortunado cualquiera que había tenido la terrible suerte de cruzarse con ella o un miembro de la Inquisición. Y tampoco había supuesto hasta el momento un peligro real para ella. Resultaba evidente que el hecho de que los demonios como ella se alimentasen de humanos no era algo que ellos llevasen bien, moral y anímicamente hablando.
Sin embargo, las cosas probablemente serían muy diferentes si los humanos acostumbrasen a ser menos arrogantes y más consecuentes con la realidad de las circunstancias. Además de la indiscutible hostilidad presente entre ambas especies, su relación también estaba marcada por una actitud, bien por arrogancia o por simple ingenuidad, de voluntaria ignorancia hacia la naturaleza de los demonios. Sencillamente, ignoraban a conciencia todo lo relacionado con ellos, hecho en el cual jugaba un papel determinante la Inquisición. Y, por el contrario, mientras que los humanos se negaban en rotundo a aprender nada acerca de la naturaleza demoníaca, ellos sí que conocían bien a los humanos. Entendían bien su cultura, su organización política y social, y cómo eran a nivel biológico y emocional, aunque esto último les era a menudo difícil de comprender. Esta diferencia de perspectiva jugaba un papel muy importante a la hora de mantener el enorme desequilibrio de poder entre ambas razas. Los demonios eran los cazadores, y los humanos las presas. Los demonios eran temidos, y los humanos poco más que simple ganado. Los demonios eran prácticamente inmortales, y los humanos casi tan frágiles en comparación a ellos como un simple clavel marchito.
Los únicos que se atrevían abiertamente a enfrentarse a ellos eran los inquisidores. Fanáticos. Integrantes de una enorme secta cuya razón de ser era precisamente la existencia de los demonios en el mundo, y cuyo fin último era la erradicación completa de ellos para la protección de los humanos. Sin embargo, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia con organizaciones similares, la Inquisición ha ido desvirtuándose de su propósito original, el cual, pese a seguir persiguiéndolo con admirable perseverancia, cada vez se había convertido más en una excusa para aumentar su ya inconmensurable poder político. Ninguna otra provincia del mundo concentraba tanta presencia de demonios en su territorio como Stellion; y ello se ve reflejado tanto en su cultura, tradicionalmente supersticiosa y aislacionista, como en su particular forma de gobierno, además de la incuestionable influencia de una organización como la Inquisición en la vida de sus habitantes. Además, en el resto de provincias la existencia de demonios se consideraba simplemente un mito. Stellion se diferenciaba bastante del resto de provincias del mundo, generalmente para mal. Era la consecuencia directa de que la décima parte de sus habitantes formasen parte de la mayor secta del mundo.
Los inquisidores se preparaban en cuerpo y alma para enfrentarse a los demonios; dedicaban su vida al completo a ello. Sin embargo, a decir verdad, tanto esfuerzo no solía marcar la diferencia cuando finalmente se daba ese fatal encuentro. Y es que, tanto las cacerías de los demonios como las escaramuzas organizadas por la Inquisición terminaban siempre en una carnicería, rara vez dejando algún superviviente entre los humanos. Es por ello que apenas había quienes podían afirmar haber estado en presencia de una de aquellas bestias y haber vivido para contarlo. Semejante tasa de víctimas era lo que más aterrorizaba a los habitantes de la provincia, miedo del que la Inquisición se alimentaba para sacar rédito político, afianzar su posición y cumplir sus objetivos. Sin ese miedo a los demonios, la organización no tendría razón alguna de ser. Sus miembros gozaban de importantes beneficios dentro de la sociedad, por lo que tenía todo el sentido querer formar parte de la Inquisición si tenías la menor intención de enfrentarte a los demonios. De cara al público, sus integrantes lo eran por un sentimiento puro de devoción. De puertas hacia adentro, conforme se escalaba en la jerarquía interna, la realidad era muy diferente.
Había que estar loco para enfrentarse a un demonio. Por eso aquellos que lo hacían con mayor fervor eran los más fanáticos miembros de la Inquisición. Nadie que no formara parte de sus filas se atrevía a plantarles cara, a solas o en compañía, bajo ninguna circunstancia.
Y luego, estaba ella.
No se trataba de una humana normal, ni una cualquiera. Aunque, a decir verdad, Íryleth tampoco era una demonio como cualquier otro. Aquella mujer era distinta a cualquier otro ser humano con quien hubiera tenido interacción alguna. Estaba bien entrenada en la lucha cuerpo a cuerpo contra los demonios, pero no era una inquisidora. Era una mercenaria, ¡una mujer que cazaba demonios por dinero! ¿Quién en su sano juicio haría algo así, ella sola, sin tan siquiera el respaldo de toda una organización político-militar detrás? El fanatismo de los inquisidores al menos podía explicar casi cualquier cosa que hicieran, como la locura de ir ellos mismos en busca de demonios para acabar con ellos, aunque rara vez regresaba alguno con vida de sus expediciones. Pero el dinero por sí solo no podía explicar su comportamiento. Aquella mujer no podía estar tan loca como para cazar demonios simplemente por dinero, por muy bien que se le diera.
Esa cazarrecompensas tenía que tener algún tipo de motivación oculta que la llevara a hacer algo así. Eso fue lo primero que le llamó la atención a Íryleth de ella la primera vez que se encontraron: el contemplar a una simple humana, armada hasta los dientes, con excelentes habilidades de lucha contra los demonios – pero sin tener vinculación alguna con la Inquisición – lanzándose al ataque contra ella. Y, además, sola. Los inquisidores nunca actuaban en solitario, por razones obvias. Pero aquella cazademonios sí que lo hacía. Algo no encajaba, y había logrado despertar la curiosidad de Íryleth.
Obviando el asunto monetario, claramente lo que tenía ella no era un sentimiento devoto de protección a su comunidad, como ocurría – en apariencia – con los inquisidores. Su obsesión con matar demonios era diferente, y la tenía grabada hasta la médula. Nunca había visto luchar a nadie como la había visto a ella. Un fervor y una mente fría en un perfecto equilibrio, un ansia de matar insaciable y unas habilidades físicas excepcionales hacían de aquella mujer probablemente la mejor asesina de demonios que existía. Sin embargo, de entre la curiosidad, pronto se desarrolló un sentimiento distinto. No sabía por qué, pero la mezcla de obsesión y capacidades que tenía aquella cazademonios no tardó en empezar a irritarle. El que algo tan grande estuviera presente en un ser tan insignificante como una humana corriente le resultaba casi insultante a ella, como demonio que era. Simplemente no podía concebirlo, y por supuesto se negaba a aceptarlo.
Katria, que es como se llamaba aquella mujer – aunque Íryleth tardó un tiempo en averiguar su nombre – había sobrevivido a su primer encuentro, algo que casi ningún ser humano podía contar. Fue la primera vez que Íryleth dejaba algún superviviente en una de sus carnicerías, en aquella ocasión atacando una pequeña caravana compuesta por unos pocos carruajes y una escasa escolta de la que Katria formaba parte. La humana fue la única que salió con vida de aquella masacre; y, aunque no lo supo en ese momento, fue porque su contrincante la dejó marchar. Ni siquiera ahora Íryleth comprendía del todo por qué lo había hecho, pues al poco tiempo se arrepintió de ello, asumiéndolo como un error. Pensar en la forma de luchar de aquella mujer le fascinaba, quizá fue eso lo que le hizo creer que merecería la pena dejarla vivir para un enfrentamiento futuro; pero con el tiempo se fue sintiendo cada vez más irritada por su existencia, y a sentirse una estúpida por haberla dejado escapar aquel día.
Presa de un orgullo inherente a cualquier demonio, Íryleth quiso enmendar su error, lo que dio pie a su segundo encuentro unas semanas después. Para su sorpresa, ambas estaban tratando de localizarse mutuamente para el momento en el que cruzaron el primer golpe. Katria llevaba tiempo siguiendo su rastro, habilidad en la que había demostrado suficiente pericia como para sorprender aún más a su rival. En aquella ocasión, la lucha fue aún más encarnizada si cabía, ya que ambas estaban preparadas desde el primer momento para ello. Aunque los humanos siempre estaban en evidente desventaja contra los demonios, éstos no es que fueran perfectos, aunque normalmente tuvieran las de ganar. Los demonios también podían equivocarse. Y, en ese segundo encuentro, Íryleth cometió su segundo error.
Subestimó a aquella humana.
Íryleth sabía lo que esperar hasta cierto punto, pero no consideró ninguna opción más allá de lo que ya sabía sobre la cazademonios; es decir, que luchaba mejor que cualquier otro humano, pero nada más. Una mezcla de ingenuidad, orgullo y soberbia – que precisamente eran las actitudes que más caracterizaban a la Inquisición – limitó su perspectiva a la hora de pensar en qué situaciones podría encontrarse durante el combate, y cuando se quiso dar cuenta de tremenda equivocación, casi fue demasiado tarde.
Katria estaba visiblemente acostumbrada a los rápidos movimientos de los demonios, pero Íryleth no podía decir lo mismo respecto a alguien que luchara como ella. La humana no había perdido el tiempo; estaba mejor equipada y esquivaba golpes de su rival de forma aún más ágil que la última vez que se encontraron. Incluso llegó un punto en que la demonio comenzó a sentir ira, debido a la impotencia que le causaba tener tantas dificultades en abatir a aquella mujer, cosa que nunca antes había experimentado ante ninguna otra presa. Cada vez notaba que sus movimientos eran más torpes respecto a los de Katria, y notaba que empezaba a moverse con cierta lentitud, para los estándares de un demonio. Por suerte para ella, reparó a tiempo en que su rival había logrado alcanzarla en varias ocasiones con unos diminutos proyectiles, poco más grandes que una uña, que se le habían incrustado en la piel. Al arrancarse uno de ellos y olfatearlo, detectó inmediatamente que debían llevar alguna especie de toxina que se estaba extendiendo rápidamente por su cuerpo. Enseguida supo que el tiempo jugaba en su contra, ya que podía sentir cómo aquella sustancia la estaba paralizando. Entró en cólera al instante, porque por primera vez en su vida supo que tenía las de perder.
Íryleth no tuvo más remedio que retirarse al único lugar donde sabía que aquella mujer no podría perseguirla: al cielo. Dos enormes alas se desplegaron desde la parte superior de su espalda, y comenzó a batirlas con fuerza para elevarse y huir de aquel lugar. Katria, al ver cómo su víctima se le escapaba y sabedora de que no podía hacer nada para evitarlo, también sintió un arrebato de ira. Tanto esfuerzo y tanta preparación tan sólo le habían servido para ganar una pelea contra una demonio, pero ni tan siquiera para acabar con ella.
Sin embargo, tuvo claro que ambas volverían a encontrarse pronto. A un demonio podía provocarle múltiples heridas sin que se inmutase demasiado, más allá del dolor, ya que sus poderes regeneradores podían revertirlas con facilidad en un corto periodo de tiempo, a menudo con inmediatez. Pero ella le había infligido una herida que no sanaría con la misma facilidad. Le había herido lo que más le podía doler a un demonio: el orgullo.
Después de aquel segundo encuentro, Íryleth había empezado a obsesionarse con acabar con aquella asesina por cualquier medio que fuera necesario. No soportada la idea de haber sido humillada por una simple humana. ¡Por una presa! ¿Cómo era posible que aquella mujer se moviera tan rápido? ¿Que tuviera esos reflejos? ¿Y qué narices era aquella toxina, y cómo había dado con ella, sabiendo el efecto que podía infligir en su cuerpo? Durante los siguientes días, apenas fue capaz de conciliar el sueño. No tardó en salir de nuevo en busca de Katria, con la intención de despedazarla en el mismo lugar en el que la encontrase y alimentarse de ella, llevándose después su cabeza como trofeo.
En esta ocasión, tuvo que recorrer mucha más distancia para dar con su víctima. Sin la menor intención de contenerse, nada más dar con ella hizo uso de un poder inherente a cualquier demonio, además de su capacidad sobrenatural de regeneración. Comenzó a transformarse en pleno vuelo en un demonio enorme, de casi cinco metros de altura, y descendió en picado hacia la cazadora, quien estuvo apunto de no contarlo. Katria, conocedora de aquel poder, fruto de sus anteriores encuentros con otros demonios, se quedó igualmente atónita durante un instante. Su complexión era ahora muchísimo más musculosa; sus rasgos faciales eran considerablemente diferentes a los de su forma humanoide, siendo ahora mucho más monstruosos y horripilantes; y sus colmillos y garras habían cuadruplicado su tamaño. Era una imagen realmente aterradora y grotesca, que haría entrar en pánico instantáneamente a casi cualquiera. Pero no a ella, pues se había mentalizado y preparado especialmente para aquel momento.
La lucha fue feroz, pero no duró mucho. La demonio no tenía otra cosa en la cabeza que acabar cuanto antes con ella y reparar su orgullo herido. Se valió de su agresividad y logró poner a su rival contra las cuerdas en poco tiempo, hasta que volvió a cometer un error. El error de enfocarse en lo que no debía. Notó que Katria no luchaba como en ocasiones anteriores, sino que tenía una actitud mucho más defensiva. ¿Qué sentido tendría jugar al desgaste? Cualquier humano acabaría extenuado antes de que un demonio siquiera hubiese empezado a notar algo de cansancio. Entonces, ¿en qué narices podría estar pensando esa mujer?
Íryleth comenzó a caer, sin darse cuenta, en el juego de su rival. Katria había analizado a conciencia sus dos encuentros anteriores, en los que no habían intercambiado más que golpes, insultos, gritos y toda clase de provocaciones verbales. Se había dado cuenta de que la actitud de su rival, a diferencia de en esta ocasión, no había sido la de querer matarla sin más. No luchaba de la forma tan agresiva en que lo habían hecho otros demonios a los que se había enfrentado, que tan sólo buscaban matarla cuanto antes para alimentarse de ella. No, esa demonio no era como ellos. No tenía claro de qué se trataba, pero había algo en su mente que le hacía tener una actitud distinta al enfrentarse contra ella. No disponía de mucha información, y mayormente se basaba en sus propias conjeturas, pero finalmente tuvo que decidir jugársela a una única carta. Tuvo que hacer una suposición que explicara la actitud de Íryleth al enfrentarse a ella, y que al mismo tiempo le sirviera para tratar de predecir la que tendría en su siguiente encuentro. Una suposición que no podría verificar hasta que volviera a luchar contra ella, cuando quizás fuera demasiado tarde. Y eligió jugársela a la carta de la curiosidad que podía sentir aquella demonio.
Y esa jugada le salió perfecta.
Tardó menos de un minuto en llegar a la conclusión de que había acertado con su predicción, lo que le hizo sentir un ligero alivio, ya que de lo contrario podría estar perdida. Pese a todo, era consciente de que enfrentarse a una demonio en esas condiciones era una absoluta locura, pero ella no era ninguna idiota y sabía cómo y cuándo hacer las cosas; por no hablar de sus propias motivaciones para ello. Íryleth estaba actuando tal y como había esperado su rival: la curiosidad por ella le había llevado a cometer errores que la habían llevado al fracaso, y el consecuente sentimiento de frustración había provocado que en esta ocasión fuera totalmente agresiva y se lanzase directamente a matar, como cualquier otro demonio. Sus movimientos, aunque igualmente difíciles de esquivar, eran ahora mucho más predecibles. Ese era precisamente el estilo de lucha en el que Katria tenía más experiencia, y donde podía jugar en su terreno.
Por su parte, Íryleth se dio cuenta de que habían intercambiado sus papeles. Anteriormente, ella era la que luchaba menos agresiva de las dos, al contrario que su rival, que trataba de asesinarla con cada golpe. Sin embargo, siendo ella ahora la que luchaba de forma más agresiva, Katria había adoptado la actitud opuesta. Antes tenía curiosidad por esa humana, pero la rabia le había provocado un cambio de actitud y ahora sólo quisiera verla muerta y olvidarse de ella para siempre. ¿Qué narices era lo que podía haber hecho que, al mismo tiempo, su rival hubiera pasado por un proceso aparentemente similar, pero al contrario? No tenía sentido que simplemente fuera una estrategia de lucha: Íryleth había estado a punto de partirla en dos varias veces en menos de un minuto mientras pensaba en todo esto. ¿De verdad podía haber querido matarla y de pronto haber decidido que no? Ella tenía claro que terminaría con su vida, fuese como fuese, pero necesitaba respuesta a esa última pregunta. ¿Podía ser, simplemente, que estuviera tratando de huir de ella desde el principio, tras sorprenderla cayendo desde el aire? Eso podría explicar perfectamente todo; quizá la cazadora se sentía en demasiada desventaja como para centrarse en otra cosa que no fuera simplemente salir viva de allí. La única forma que tenía de comprobarlo era, simplemente, dejarla marchar. Si huía, se abalanzaría sobre ella y la despedazaría allí mismo. Si seguía luchando, simplemente acabaría matándola de todos modos. De esa forma, Íryleth decidió poner a prueba su teoría, y, de esa forma, cometer su último gran error.
Se alejó unos metros de Katria y se mantuvo inmóvil, mirándola fijamente. Pensaba que Katria dudaría un instante, que se quedaría estupefacta por haber detenido ella la lucha sin previo aviso, o incluso que entablaría un diálogo con ella. Pero para su sorpresa, lo único que hizo aquella mujer fue, como acto reflejo, sin tan siquiera esperar a asegurarse de que su rival se había detenido por completo, ejecutar un disparo.
El estruendo de la descarga vino seguido de un imponente silencio. Íryleth notó el impacto, y se sorprendió al ver un pequeño dispositivo, considerablemente más grande que los proyectiles con los que la alcanzó en su encuentro anterior, con una aguja incrustada en su pecho. Katria, por su parte, se quedó atónita al comprobar que su oponente se había quedado inmóvil, y también al descubrir que le había dado justo donde quería, en el corazón.
“Es ahora o nunca”, dijo para sí misma la cazademonios, recuperando el aliento.
Íryleth tardó un instante en entender lo que acababa de suceder, e incluso a comenzar a sentir una fuerte molestia en el interior de su organismo. Inmediatamente, se arrancó el proyectil y se abalanzó sobre Katria llena de ira, al comprender que había permitido que aquella miserable humana jugara con ella. Sin embargo, sus fuerzas le comenzaron a fallar casi al momento, provocando que tropezara, e incluso que comenzase a recuperar su forma humanoide de forma involuntaria. La demonio empezó a maldecirla, mientras trataba inútilmente de levantarse y alcanzarla. La maldijo porque nunca antes se había sentido tan vulnerable ante un humano, porque se sentía estúpida y muy frustrada consigo misma por haber acabado en aquella situación, y porque la rabia y la impotencia la estaban consumiendo por dentro. No podía sentirse peor consigo misma por haberse dejado abatir de aquella forma tan patética. Le costaba asumir que se había vuelto a confiar demasiado, ya que estaba en la naturaleza de un demonio ser excesivamente seguro de uno mismo, especialmente en lo que se refiere a cualquier tipo de interacción con los humanos. Nunca antes había luchado contra alguien mínimamente competente, pero tampoco se imaginaba que alguna vez podía acabar así. Pasados unos segundos, ya apenas podía mover su cuerpo. Quedó tendida en el suelo pedregoso, tumbada de lado, a los pies de Katria. Tan sólo podía respirar, mover los globos oculares y balbucear tímidamente. Sentía cómo su propia esencia vital la abandonaba, y empezaba a ver borroso y estar muy mareada. Sencillamente, se estaba muriendo.
La cazademonios le puso una bota encima, y la empujó ligeramente hasta que quedó boca arriba. Acto seguido, se agachó para poder verla sufrir más de cerca. En su último aliento, Íryleth logró escuchar una única frase salir de la boca de su rival.
“Buenas noches, cerda miserable. Ya hablaremos cuando despiertes”.
¿Cómo que cuando despertase? ¿Qué narices estaba pasando? No podía mover un solo músculo, ni tan siquiera ya era capaz de hablar, y se le estaban cerrando los ojos. Sólo al final, justo antes de perder totalmente el conocimiento, fue cuando por fin lo comprendió todo. Había entendido demasiado tarde que la Katria no trataba de matarla, sino de capturarla.
Y fue ahí, en ese tercer encuentro, donde Íryleth finalmente cayó derrotada ante la cazademonios. Ahora ella la tenía a su completa merced, pudiendo acabar con su vida cuando quisiera.
Pero las cosas no fueron tal y como Katria había planeado.
* * * * *
Íryleth finalmente abrió el sarcófago, y ahí se encontraba ella. Estaba totalmente desnuda, mientras que innumerables cadenas alrededor del cuerpo le impedían cualquier clase de movimiento. Incluso la demonio había tenido el detalle de amordazarla para que no perturbara el silencio sepulcral de aquella sala. Katria le lanzó inmediatamente una mirada llena de odio, en la cual Íryleth también distinguió un miedo que la llenó de placer.
— Buenos días, zorra insolente. Espero que hayas descansado — le dijo a su prisionera, en tono burlesco y mostrando una sonrisa de clara satisfacción.
Katria trató de maldecirla con gritos, pero el bozal ahogaba cualquier palabra que tratase de articular. Esto provocó a la demonio, quien se abalanzó encima, sujetándose de las paredes exteriores del sarcófago metálico para evitar entrar en contacto físico con la humana. Apenas a unos centímetros de su cara, frente a frente, y en una situación de desigualdad inconmensurable, continuó hablándole.
— Ahora que por fin estás aquí, me aseguraré de que te apresures en aprender cómo van a ser las cosas a partir de hoy. Ya has visto que tu estúpido juego no te ha salido como tenías pensado, ¿verdad? Pues bien, aquí es donde empieza el mío. Y con él, empieza tu nueva vida.
Sin demorarse un solo instante, Íryleth sacó sin mucha delicadeza a Katria del ataúd, y la puso de pie a su lado. Le retiró las cadenas de las piernas, pero le mantuvo las del torso y los brazos, y también le dejó puesto el bozal. Le ató alrededor del cuello la cadena que le había quitado, para usarla a modo de correa, y ante la negativa de su prisionera a moverse, dio un fuerte tirón de ella.
— Los humanos sois tan delicados a nuestro lado como una simple copa de cristal. Si la manipulas con un mínimo de violencia, se romperá y no habrá forma de arreglarla. No te pongas las cosas difíciles, ¿quieres? No hagas que tenga que enseñarte a obedecer por las malas.
Katria continuó resistiéndose, visiblemente enfadada, tratando de verbalizar algo que Íryleth no era capaz de entender pero que tampoco le importaba lo más mínimo. Viendo su actitud, la sujetó con mucha fuerza de las mejillas con una mano, cuidadosa de no estropear el precioso rostro que tenía ante ella dejándole alguna herida involuntariamente.
— Todavía tengo que aprender a medir mi fuerza contigo, ¿sabes? Resulta demasiado fácil pasarme un poco, y eso puede ser fatal para ti sin que lo queramos ninguna de las dos.
Sin mediar palabra, dio un tirón hacia debajo de la cadena que le había atado al cuello, obligándola a arrodillarse.
— Vamos, bonita. Sonríe un poco. Voy a presentarte al resto de mi comuna, que seguro que están deseando conocerte. Además, así como vas estás perfecta, ¿no crees? Estoy segura de que les vas a encantar…
La actitud desafiante de Katria se desvaneció al comprender que iba a estar en compañía no de una, sino de varios demonios. De hecho, había comenzado a hiperventilar.
— A partir de ahora eres mía, Katria. Mía. Y eso significa que puedo hacer y haré contigo cualquier cosa que me venga en gana, cuando me apetezca. No tienes forma de evitarlo, ni tampoco de oponerte a mí. Tu antigua vida ya se ha terminado, y cuanto antes lo asumas más fácil te resultarán las cosas. Vamos, que tenemos mucho que hacer.
Katria finalmente comenzó a gritar de desesperación, viendo que no tenía forma de escapar de la situación más horrible en la que jamás se había encontrado. Mientras caminaba lentamente, guiada por los tirones que Íryleth le daba a su cadena, las primeras lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, conforme el último ápice de esperanza en su interior se desvanecía.
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